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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Documentos prueban que Ramfis Trujillo ejecutó a los ajusticiadores de su padre

Acusan al fenecido expresidente Joaquín Balaguer de ser cómplice de la matanza
Ramfis Trujillo.
Un expediente obtenido por investigadores dominicanos ha sacado a la luz la ejecución sumaria de seis de los hombres que intervinieron en el plan para matar al gobernante dominicano Rafael Trujillo (1930-1961), una historia conocida, pero de la que hasta ahora no se habían hallado pruebas documentales.
El expediente acredita que la ejecución de Trujillo, considerado uno de los más crueles dictadores de América Latina, fue vengada en noviembre de 1961 por su hijo Ramfis, quien, junto a varios colaboradores asesinó a tiros a los seis hombres, capturados por su participación en el plan para asesinar al jefe del Estado.
El Museo Memorial de la Resistencia Dominicana ha recuperado el expediente de extradición de Ramfis y sus colaboradores en la masacre y lo presentará hoy, en forma de libro, con el título "El crimen de la Hacienda María", que alude al lugar donde fueron asesinados los seis conjurados, quienes gozan de la consideración de héroes nacionales.
La extradición del grupo nunca llegó a solicitarse a España, donde se refugiaron los cuatro prófugos, pero el expediente tiene interés porque recoge los hechos, que culminaron el 18 de noviembre con el asesinato y posterior desaparición de Pedro Livio Cedeño, Salvador Estrella Sadhalá, Luis Manuel "Tunti" Cáceres, Modesto Díaz, Roberto Pastoriza y Huáscar Tejeda.
La solicitud de extradición se dirigió contra Ramfis; Gilberto Sánchez Rubirosa; Fernando Sánchez hijo y Luis José León Estévez, pero el expediente desapareció y hasta hace poco no ha sido posible su recuperación, gracias a la labor del museo, cuya directora, Luisa de Peña, destacó el valor de los documentos, que han sido registrados por la Unesco como "Memoria del Mundo".
"La verdad siempre sale a la luz. Siempre hay alguien que cuenta, alguien que sabe, siempre queda un rastro", declaró a Efe De Peña, quien subrayó el derecho de los familiares de las víctimas "a saber qué pasó".
La responsable del museo dijo que tras conocerse la intención de la institución de hacer público este expediente sus responsables han recibido presiones y amenazas de familiares de personas que aparecen en él.
Los documentos revelan que en aquella jornada de noviembre de 1961 Ramfis y sus colaboradores mataron uno a uno a los conjurados, a quienes previamente habían sacado de la cárcel con el pretexto de llevarlos a participar en una diligencia sobre la investigación de la ejecución de Trujillo.
El plan incluyó también el asesinato de tres delincuentes a quienes se vistió de policías y cuyos cadáveres fueron colocados en el autobús en el que fueron trasladados los seis héroes para simular que éstos los habían matado y habían huido, según cuenta en la introducción del libro el historiador Franklin Franco.
El investigador alude, además, al papel del entonces presidente Joaquín Balaguer, de quien dice que "dejaba al hijo del tirano hacer y deshacer y además, guardaba silencio".
Luisa de Peña añadió al respecto que Balaguer conocía los planes de Ramfis y aun así garantizó la vida de los detenidos 24 horas antes de su muerte y desaparición. "Si Ramfis fue autor material, Balaguer fue cómplice", dijo a Efe la museóloga.
Uno de los personajes que aparecen en el expediente es Dante Minervino, quien narra en su declaración, "con frialdad que espanta (...) los últimos momentos de vida de los mártires de la hacienda María", revela el historiador.
Para este investigador, el expediente, que contiene "pasajes verdaderamente terroríficos", es "una pieza clave donde se describe uno de los capítulos más angustiosos de la vida nacional" y se refleja "con toda claridad el ambiente de absoluto desenfreno vandálico" que reinaba en el país en esa época.
La Federación de Fundaciones Patrióticas, a la que pertenece el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana, señala en el libro que el objetivo de su publicación es "fortalecer la conciencia histórica" de la nación sobre estos hechos, acerca de los que "se han construido versiones que confunden y rayan en lo fantasioso".
La recopilación de documentos, de 500 páginas, reproduce declaraciones, interrogatorios y testimonios, actas, oficios, mandamientos de prisión, fotografías y documentos personales de los extraditables, así como el auto en el que el juez Simón Bolívar Scheker solicita al Ministerio Público la extradición, nunca tramitada.
Por: Jesús Sanchis / EFE

miércoles, 8 de junio de 2011

Roberto Cassá y el libro de Angelita: "La Perversidad Recurrente del Trujillismo"

Por Roberto Cassá

Ponencia de Roberto Cassá en el debate del libro de Angelita "Trujillo mi padre".
Participo en este encuentro acerca del libro atribuido a María de los Ángeles Trujillo (Angelita), Trujillo. Mi padre con el fin de exponer opiniones personales. Aclaro que el hecho de ser yo director general del Archivo General de la Nación, institución que convoca esta noche, no la compromete en ningún sentido, puesto que posicionamientos de ese género no forman parte de sus atribuciones. He querido traer escrita la ponencia para, en aras de la economía del tiempo, obviar por adelantado hacer referencia a las posiciones que expresen los demás expositores que me acompañan.

Roberto Cassá junto a Mario Bonetti, Bernardo Vega y Euclides Gutierrez Felix debatiendo el libro de Angélita Trujillo

Este encuentro se celebra por haberse considerado valederos los motivos de la  solicitud del profesor Mario Bonetti. Pero si asisto como expositor es porque pienso que lo que procede analizarse no es tanto el “libro de Angelita”, sino el reclamo anacrónico que contiene. Hoy el trujillismo carece de toda importancia práctica, por lo que ha optado por restringir su discurso a la validación de su pasado. Si bien tal reivindicación constituye un despropósito producto de una bancarrota política y cultural, no deja de tener posibles implicaciones. Finalmente, lo que aconteció durante los treinta y un años ha dejado no pocas estelas todavía no del todo superadas. Por tanto, puede ser esta una ocasión para desmontar argumentos con que se pretende cuestionar la lucha por la democracia que tanta sangre ha costado.
Sin embargo, no hay nada nuevo que decir a propósito de este libro, que no pasa de ser un pestilente desecho de infamias. Ahora no hago más que reiterar posiciones que he esbozado desde hace mucho tiempo como historiador social y antitrujillista de izquierda.
Parto de la premisa de que el libro no es “de Angelita”, sino una obra colectiva, en la cual se ha pretendido validar el trujillato con idénticos argumentos y procedimientos que los utilizados en su momento por los alabarderos del régimen. Carece de importancia quiénes han sido los autores de esta obra, puesto que al parecer participaron movidos por el interés mercurial. Lo interesante es que han aunado esfuerzos en el propósito para presentarse como la emanación actual del discurso despótico. De paso, cabe constatar la indigencia intelectual de esta capillita trujillista, que hace presencia en un libro muy mal escrito, plagado de faltas ortográficas, disparatoso, carente de todo ingrediente intelectual y de cualquier consistencia expositiva. Posiblemente estos señores han llegado a la conclusión de que el ordenamiento democrático vigente ha dado muestras de tal grado de incapacidad que hace creíble que se reproduzca al pie de la letra el discurso ideológico de antaño. A pesar de la indignación que suscita la intención malévola que guía este libelo de manchar las reputaciones de los antitrujillistas, en seguimiento de los moldes del discurso de la Era, no se le puede evaluar de manera emotiva, puesto que lo que requiere es de una refutación política. En el meollo del asunto, lo que está en juego es desmontar el supuesto balance favorable a la tiranía de los treinta y un años, que según ellos se define no más que por sus magnas realizaciones materiales.

Dr. Roberto Cassá, director del AGN y expresidente de la Academia Dominicana de la Historia
Ante sus seudo-argumentos del “libro de Angelina”, puesto que no trae nada nuevo, lo que queda es reiterar posturas que asumieron los antitrujillistas en sus luchas por la libertad. La “importancia” es del todo punto insustancial porque está hecho en pura clave retrospectiva. El libro parece estar escrito en 1961, como si el tiempo de la historia se hubiese detenido y la verdad horrorosa del esquema trujillista de dominación no se hubiese hecho inconcusa. Aquí se encuentra, por lo demás, una señal de uno de los rasgos de la elaboración ideológica del trujillato, que fue la alteración flagrante de la realidad de las cosas. La mentira hiriente se renueva en la tónica dominante de este libro, que intenta pasar por alto los charcos de sangre que dejó detrás de sí la larga noche del terror de Chapita.
A la luz del tiempo presente, esta operación adolece de falta de eficacia. El solo hecho de que estemos congregados aquí para cada quien expresar sus criterios de manera libre delata un progreso histórico que inutiliza los alegatos contenidos en el libro. Bajo el trujillato la mínima disidencia conllevaba muerte, tortura o exilio. El hecho de que todavía tengamos que afrontar este debate tiene una causa: Tras el ajusticiamiento del tirano no hubo una drástica solución de continuidad y no se ajustaron cuentas con los criminales materiales e intelectuales. De todas maneras qué bueno que este adefesio de libraco pueda circular, porque nos ayuda a ratificar el develamiento de las matrices ominosas del trujillismo.
Visto el contenido del libro, no es solo desfasado, sino sobre todo resulta infamante sin apelación. Por tal motivo, carece de objeto discurrir acerca de sus afirmaciones, todas cargadas de una perversidad inaudita. Nada lo hace merecedor de un debate historiográfico especializado o de una ponderación profesional como fuente. El libro destila mierda, es el peor desecho que puede emanar del ser humano, en este caso un excremento de un concierto de individuos que, desde sus antepasados legitimadores de la mentira y el crimen, perdieron la honra y, por ende, el atributo de la humanidad bien entendida. Solo hay que ver cuánta infamia recorre sus pestilentes páginas, cuando asevera mentiras flagrantes para traspasar los crímenes del tirano a otros. Es el caso de la trama fantasiosa para exculpar al inefable “papá” del crimen de las hermanas Mirabal, hecho que no puede negarse y que tiene que ser recogido por el espíritu malicioso como procedimiento para obviar miles de crímenes y de pasada y a conveniencia endilgar a otros algunos de ellos.
En el mismo tenor, pretende que el complot que desembocó en la muerte de Trujillo estuvo originado por una maniobra de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, que concibió y alentó el asesinato de las hermanas Mirabal a través de Luis Amiama Tió y José René Román Fernández. Ante un hecho de tal gravedad como ese crimen múltiple, se pretende que Chapita, que controlaba el mínimo movimiento de todos los dominicanos con significación social o política, iba a quedar impasible.

Parte del publico asistente al debate libro Angelita Trujillo
Vale reiterar lo que es ya un saber acerca del 30 de Mayo: Fue un hecho libre de dominicanos que decidieron correr todos los riesgos. Su hazaña los hace acreedores de la categoría de la heroicidad. Obraron por su cuenta, en suprema manifestación de libertad y bravura. Aceptaron la colaboración de la Agencia Central de Inteligencia, pero los conjurados del interior del país no eran sus agentes o instrumentos. Está documentado que el gobierno de Estados Unidos, ante el fracaso de la expedición contrarrevolucionaria de Bahía de Cochinos, ordenó detener el operativo y que los “disidentes” rechazaron ese criterio imperial.
Siempre dentro de ese tenor, se llega a la infamia de pretender que todos los antitrujillistas obraron con el propósito de apoderarse de la fortuna de “papá”, ese hombre angelical (como la hijita), tan bondadoso que parece alcanzar la santidad. Esa inmensa fortuna, labrada a costa de la sangre de todo un pueblo,  parece que fue bien habida, pues ni siquiera se molestan los autores en explicar su origen. Se llega a lo grotesco cuando se asevera que los movimientos del héroe Antonio de la Maza durante la ejecución libertaria del 30 de Mayo tuvieron por móvil apoderarse del maletín del gran ladrón. Se le adjudica esta caricatura a quien durante años se dedicó a dilapidar el dinero que provenía de su aserradero en Restauración, penetrado por la amargura lacerante de la espera de la justa venganza.
Esta letrina descarta, pues, toda reflexión concienzuda en el terreno historiográfico. Nada de lo que contiene este libro alcanza la entidad que lo haga un medio de obtención de información o de replanteo de lo conocido. Su pretendido sustento documental está cimentado en documentos por encargo carentes de toda veracidad. Pongo el caso del propósito de presentar como dos cobardes a los presos Segundo Imbert y Rafael Sánchez Sanlley, asesinados al otro día del tiranicidio. Angelita y sus socios se amparan en unas declaraciones hechas años después y en el exterior, ante notario, por el coronel Horacio Frías, jefe del penal de La Victoria, un criminal cobarde que ese mismo día asesinó a un teniente del ejército. Dice Frías que hubo que cargar a Imbert mientras chillaba de miedo, al tiempo que Sánchez también se había desencajado por el temor a la muerte. Sin embargo, José Daniel Ariza, compañero de prisión de ellos, afirma que los vio salir sin que notara señal alguna que delatara el pánico que les atribuye Frías. Rafael Martínez, otro de los prisioneros, ratifica la versión de su compañero de celda. Ambos, al igual que otros del penal, como el fenecido doctor José Antonio Fernández Caminero, son categóricos en cuanto a que no es cierto, contrario al expandido mito retomado en este libelo, de que Segundo Imbert fue sacado del penal para dirigir el asesinato de las hermanas Mirabal.
El concurrido acto contó con la presencia de importantes personaliidades
Se exige la reiteración de la apología de quienes dieron sus vidas, al margen de deslindes ideológicos y políticos. Me permito hablar a nombre de los muertos, de los torturados, de los castigados, de todos, con independencia de las culpas que algunos pudieron albergar con antelación y de las diferencias que pueda haber, pasadas o presentes, con las posiciones de muchos de ellos. Aunque el antitrujillismo de derecha iba en sentido contrario a la historia, sus exponentes, como gran parte de los complotados para la gesta del 30 de Mayo, al igual que todos los demás antitrujillistas, tuvieron la razón, iban en el sentido progresivo de la historia, porque el trujillato representaba lo peor.
Este carácter se reitera cuando, a medio siglo de distancia, se reproduce en el libro la criminalidad inherente al orden trujillista. Angelita asume la desenfadada validación del asesinato como procedimiento político. Es lo que hace respecto al grupo de complotados del 30 de mayo en la Hacienda María. No fue únicamente Ramfis Trujillo, pues, quien asumió la criminalidad ante el futuro por sus actos desenfrenados y la remembranza de su amigo y no menos criminal ex marido de Angelita. No es casual que Angelita también se asocia con el crimen. La en apariencia cándida Reina de la Paz reunía desde entonces un complejo de figuras delictivas. Los encajes y diamante proveían resumían el crimen con glamour. La Reina de la Paz, la hija mimada, se devela en estas páginas como lo que es: una vampiresa, Reina de las Tinieblas de la Larga Noche. Esta abuela obesa de hoy y pretendida santurrona casi desde la niñez dio rienda suelta a delirios desenfrenados de connotación patológica. Es suficientemente elocuente el suicidio de su marido, tan denostado en el libelo pese a haber sido también un sádico  criminal, al tiempo que portavoz retrospectivo de la criminalidad del hermano primogénito. Angelita pertenecía a una familia que reunía a varios criminales. Ella estaba enterada de todo lo que sucedía y no dejó de tener su cuota en el horror, como se podría demostrar con facilidad.
Bueno, ¿algo entonces razonable en esas páginas? Al menos que queda retratada la sustancia irremediable del trujillismo. Al fin y al cabo dicen verdades que todavía son aleccionadoras, aunque sean bien conocidas. Es el caso de la empatía de papá por Estados Unidos y su correspondiente furor anticomunista.
Igual de sintomática es la reiteración de la sustancia ideológica y cultural del trujillismo. En páginas escritas por algún idiota, que usa la ocasión para pretender erigirse en filósofo emergente del trujillismo, se recurre al argumento manido del progreso material como signo esencial de la Era, por consiguiente, como se afirma, el único periodo de realización del pueblo dominicano. Es lo que le dio la tónica a los  discursos de Manuel Arturo Peña Batlle y demás intelectuales envilecidos. Todo lo que se dijo acerca de las excelencias de realización de aquel pasado no fue más que una falsificación colosal de la realidad. En realidad, se vivía bajo una opresión generalizada, en que campeaba el miedo, el crimen cotidiano, la deshonra colectiva, la tortura, la explotación social desenfrenada. Detrás del oropel de las obras públicas magnificentes, subyacía la miseria de las masas. Nadie podrá probar lo contrario. El país trabajaba a todo vapor y sin pausas en beneficio de este supremo señor de fortunas y vidas, de este Lucifer que se deleitaba sin ambages con la posesión de las esposas de sus áulicos, víctimas tristes al igual que victimarios feroces. Ahí, en tantas cosas, como la mentira y el comportamiento disoluto, se comprueba la validez del De tal palo tal astilla. Todo lo que se pretende acerca de una época de realización absoluta de todo un pueblo no es sino la pieza articuladora del discurso ideológico del trujillato, la mentira más mendaz jamás lanzada en la historia dominicana.

José Daniel Ariza, combatiente de la guerrilla de Manaclas, narra los crímenes de la dictadura
No significa, claro está, que bajo la Noche Larga no hubiese crecimiento económico y hasta desarrollo, según se le conceda una acepción al término. Aquel tirano ha sido hasta hoy el gran héroe del capitalismo dominicano. En ningún otro momento de nuestra historia se ha reiterado en igual manera la hegemonía del interés del capital. De acuerdo que, en términos materialistas, estaba implicado el avance del proceso histórico. Pero avance  histórico no es sinónimo de realizaciones, por lo que la única posición correcta desde el punto de vista socialista era oponerse a esa situación. El capitalismo personalizado por el monstruo implicaba crimen y opresión en forma generalizada. No podía haber nada que pudiera hacer valer una solidaridad con el trujillato a nombre del capitalismo nacional y del progreso histórico que comportaba. En esa etapa todavía incipiente, el capitalismo en una formación periférica tenía por necesidad dosis de horror, que se magnificaban con los ingredientes particulares de la dominación trujillista. Los salarios eran miserables. Las masas sobrevivían en la indigencia atroz. Los campesinos iban descalzos, a lo sumo con soletas de cuero o de goma, o vestidos de harapos o no pocos hasta cierto momento con piezas burdas hechas de sacos de cabuya. Los niños estaban muy lejos del paraíso pretendido por la propaganda, aquejados de enfermedades crónicas que disparaban la mortalidad. Miles de campesinos trabajaban gratuitamente en las carreteras y en las empresas emblemáticas del supuesto progreso. No pocos murieron después de sufrir devastadoras palizas ejemplificadotas de la disciplina laboral. La explotación desenfrenada se amparaba en un miedo interiorizado por todos. La delación se tornó en virtud dentro de la proterva Cartilla cívica. Era frecuente que los esposos no se confiaban sus pensamientos ante lo que vivían. El que no se viviera así por muchos, la mayoría incluso en el campo, tiene su explicación materialista, en razón de los efectos de la imposición de un sentido del orden, que era el resultado de un estado interiorizado de temor. Buen discípulo de los infantes de Marina, el tirano dio el puntillazo a la subordinación de todos, en especial los del campo, a los designios del Estado.

Hubo desarrollo económico capitalista pero no progreso. Por esto resulta inadmisible hablar de realizaciones o de aspectos “positivos”. Progreso implica la humanización progresiva de la sociedad, y el trujillato representaba lo contrario. No hay progreso sin dignidad, sin libertad, sin el imperio de la ética, sin participación, sin desarrollo educativo genuino. El avance material formó parte del remolino de horrores.
La comparación con el presente, a la que hice alusión más arriba, constituye otro de los tópicos del sofisma de la ideología trujillista. Es indiscutible que el esquema de la democracia posterior a 1978 no ha cumplido con un desideratum genuino. Es indiscutible también que han aparecido nuevos problemas que se adicionan a los anteriores. Pero no quiere decir que el ordenamiento político que existe hoy sea más negativo que el instaurado en 1930. Es fácilmente demostrable con indicadores económicos que el pueblo vive mucho mejor que antes, aunque las condiciones de la mayoría pobre continúe siendo altamente deplorables. El desarrollo económico impulsado por el régimen despótico no podía repercutir en una mejoría de la condición de vida de la gente ya que se puso en operación una maquinaria infernal que succionaba todas las riquezas, hasta los niveles más infinitesimales, hacia las arcas de papá y, en menor media, de los integrantes de la corte de familiares y secuaces. Todos los indicadores sociales resultan indiscutibles en cuanto a mejorías puntuales respecto al pasado. Y no es pequeña cosa y sin que por supuesto, en sentido contrario, se pretenda hacer la apología del presente. Pero si persisten graves problemas y han aparecido otros no se debe a que se haya dejado atrás el trujillato. Más bien es lo contrario: muchos de los problemas de que está aquejada nuestra sociedad todavía, como la persistencia de estilos autoritarios, son en parte atribuibles a que no se ha practicado la necesaria cirugía de las masas purulentas del espíritu del trujillismo.
La solución de los problemas no puede estribar en una reorientación hacia el pasado, como pretenden los sicofantes redactores de esta porquería. La agenda que tiene por delante el logro del progreso social presupone la orientación exactamente inversa de lo que representó el trujillismo. Nada es más importante, en primer lugar, que la libertad. El espíritu de la equidad social, obligado ingrediente del único progreso posible, también es lo inverso de aquel régimen en que se concentró la riqueza de forma inaudita.  

(El evento tuvo lugar en el Archivo General de la Nación, el 20 de mayo del 2010)

domingo, 29 de mayo de 2011

Aída critica a su tía Angelita y reconoce que Trujillo fue un cruel dictador

Aída critica a su tía Angelita y reconoce que Trujillo fue un cruel dictador

SANTO DOMINGO, República Dominicana (EFE).- Aída Trujillo, hija de Ramfis, rechaza la defensa que hace su tía Angelita de Rafael Leónidas Trujillo, al afirmar que ella lo pinta como “una hermanita de la caridad" cuando las evidencias dicen lo contrario.
Aída reconoce que su abuelo, que fue ajusticiado hace 50 años, fue un cruel dictador, y narra que cuando se enteró de la verdad lloró mucho y hasta renegó de Dios.
Autodefinida como la "oveja negra" de la familia por rechazar el régimen que por 31 años implantó su abuelo en República Dominicana, la escritora Aída Trujillo dice que tal vez ese período pueda considerarse un "aprendizaje necesario" para saber que "no es necesaria" una dictadura para que un país funcione.
Esta menuda mujer de mirada profunda y fácil expresividad admite, eso sí, que ha sido "muy, muy duro", separar al "abuelo tierno y cariñoso" del político que -como lo juzga la historia- implantó el más tenebroso Gobierno que haya sufrido el pueblo dominicano.
"Yo soy Aída Trujillo, soy una persona individual, independiente dentro de unas normas libres, nací de un hombre de apellido Trujillo y de una mujer de apellido Ricart", dice a Efe la nieta de Rafael Leónidas Trujillo Molina, que hace más de un año volvió a Santo Domingo, donde nació en octubre de 1952.
Durante la conversación aflora el nombre de María de los Ángeles (Angelita) Trujillo, la última hija del dictador dominicano, quien "a capa y espada", defiende a su padre, a propósito de que mañana la República Dominicana conmemorará el cincuentenario de la muerte del tirano.
Mucha gente me dice: aquí lo que falta es un Trujillo, y les respondo, pues si viene otro Trujillo yo me voy, ya viví la dictadura de (el español Francisco) Franco, igualita o peor, depende de cómo se mire, a la de Trujillo"
"Me aburre", dice Aída en referencia al libro de su tía "Trujillo, mi padre, en mis memorias", en una opinión fundamentada en que "Angelita habla de su papá como una Hermanita de la Caridad", cuando las evidencias dicen lo contrario.
"Nunca nos hemos llevado bien, desde pequeña, para mí nunca ha sido como tía, es mi tía, pero no ha ejercido como tal", dice.
Aída afirma que "descubrió" casi por accidente al Trujillo dictador cuando en una visita que hizo al país en 1975 procedente de España, donde vivía, entró a una librería y adquirió varias obras que hablaban del régimen.
"Cuando veo esto no hice más que negarlo y ponerme a llorar inconsolablemente en el hotel donde me hospedaba", recuerda.
A raíz del suceso, decide renegar de Dios y asume la ideología comunista, como forma de rebeldía ante lo que acababa de enterarse.
"Pasó el tiempo y empecé a escribir recuerdos de mi infancia con mi familia en Santo Domingo y de ahí surgió el libro 'A la sombra de mi abuelo'".
La obra (Editora Norma 2008), resultó ganadora del Premio Nacional de Literatura en el renglón novela, lo que causó más de un revuelo en el país.
"Es bueno decir que en esa oportunidad no vine al país a recoger el premio no por temor, que quede claro, sino porque alguien me dijo que si lo hacía iba a opacar a los demás ganadores de los otros renglones y eso me tocó muy profundo".
En la actualidad, revela a Efe que escribe la novela de amor "Mas triste que la muerte es el olvido", y que también trabaja en un texto sobre los últimos días de su padre, que murió en Madrid en 1969, dos semanas después de sufrir un accidente de tráfico.

"Con esa obra termino de escribir sobre mi familia, es muy fuerte, duele mucho", suspira y da una mirada a su hija Haydee, la única mujer de cuatro hijos, uno de los cuales falleció el año pasado.
Lo que no entiende Aída es el interés y la pasión que 50 años después ejercen sobre los dominicanos el tema de la dictadura de Trujillo (1930-1961), "cuando en España, por ejemplo, casi nadie habla de Franco".
"No sé, habrá que hacer un estudio sociológico grande para determinar por qué sucede esto (...) es un fenómeno que no entiendo, mientras más se publiquen cosas menos se aprende, porque cada quien da su versión, creo que lo mejor es decir algo nuevo como dice mi libro sobre el momento en que mi madre vio a Trujillo llorando, después que pasó lo de las (hermanas asesinadas en 1960) Mirabal, eso no lo puede saber ningún historiador, nadie se imagina a Trujillo llorando", infiere.
Es ahí cuando la escritora agita las manos con más rapidez y ofrece su opinión "personal" sobre lo que fue la férrea dictadura de Trujillo.
"Yo no existía en los años (de la década del) treinta del siglo pasado, yo no sé si fue un error o un aprendizaje necesario para ver que no es necesario que haya dictadura para que un país funcione, mucha gente me dice: aquí lo que falta es un Trujillo, y les respondo, pues si viene otro Trujillo yo me voy, ya viví la dictadura de (el español Francisco) Franco, igualita o peor, depende de cómo se mire, a la de Trujillo", razona quien años antes fue una bailaora de flamenco.
"No estoy con dictaduras, ni de izquierdas ni de derechas, Trujillo fue un abuelito que nos daba todo, recuerdo en una ocasión que mi hermana mayor, María, le pidió un triciclo que tenía una niña vecina y obligó a que el abuelo cruzara al patio de esa vivienda y robara el triciclo, así era él, claro que al día siguiente lo devolvió y le compró varios a la niña de al lado", afirma.
Aída Trujillo ha logrado el equilibrio en sus dos mundos, acepta su origen, recuerda su niñez de privilegios y a la vez condena -de adulta- a quien utilizó el poder para ejercer la violencia, y hacerse cargo por su cuenta de la vida de otros seres humanos.
"Ha sido un trabajo de años, no ha sido fácil admitir cosas que no están bien, que no apoyas, que no son de tu agrado de alguien que tu quieres, es muy difícil separar una cosa de la otra, pero soy responsable (...) lo he logrado", finaliza. EFE

"Era la única forma de deshacerse de él"

Tim Mansel
BBC, República Dominicana

Rafael Leonidas Trujillo gobernó la República Dominicana con mano de hierro durante casi 30 años antes de ser asesinado en una oscura carretera el 30 de mayo de 1961.
Uno de los hombres que le dispararon esa fatídica noche conversó con la BBC.

Rafael Leonidas Trujillo
Rafael Leonidas Trujillo gobernó República Dominicana por 30 años.
Antonio Imbert tiene 90 años. Es un hombre corpulento con el pelo muy corto y se puso su uniforme militar para recibirme.
Imbert es oficialmente un héroe nacional porque hace 50 años fue uno de los hombres que emboscó y mató al dominicano.
Su esposa, Giralda, lo lleva a la sala y él se dirigió lentamente hacia una pequeña silla mecedora. Giralda le enciedió un cigarrillo y él me preguntó: "¿Qué quieres saber?".
Era tarde en la noche cuando Trujillo fue asesinado en un tiroteo en la carretera que conduce de la capital, llamada entonces Ciudad Trujillo, a San Cristóbal, donde el ex líder militar tenía una joven amante.

"Le disparé de nuevo"

El drama lo aborda el escritor peruano ganador del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en su novela "La Fiesta del Chivo", que fue publicada en el año 2000.
Imbert y otros tres conspiradores estaban esperando en su automóvil a que pasara el Chevrolet con chofer en el que viajaba Trujillo. Dos vehículos con otros tres hombres armados estaban apostados más arriba en la carretera.
A los 90 años, la memoria de Imbert no es lo que era. Pero sí se acuerda de haber perseguido el automóvil de Trujillo y también recuerda los primeros disparos.
Antonio Imbert (Foto: Tim Mansel)
Imbert es oficialmente un héroe nacional por matado a Rafael Trujillo.
La memoria de Imbert también retiene el momento en el que chofer de Trujillo redujo la velocidad y su decisión de, con su vehículo, atravesársele para bloquear el camino de Trujillo.
"Luego comenzamos a disparar", dice.
Trujillo y su chofer se defendieron. Imbert narra cómo eventualmente él y uno de los otros se bajaron del coche para acercarse a su objetivo.
"Trujillo estaba herido, pero todavía podía caminar, así que le disparé de nuevo", añade.
El gobernante, conocido simplemente como "El Jefe", quedó tendido muerto sobre la carretera. "Luego lo pusimos en el coche y se lo llevaron", indica Imbert.

Nadie me mandó a matarlo

Cincuenta años más tarde me pregunto si Imbert todavía se enorgullece de haberle disparado.
"Claro", responde. "Nadie me dijo que fuera a matar a Trujillo. La única manera de deshacerse de él era matarlo", asegura.
El general Imbert -se le dio ese rango militar más tarde para que pudiera recibir una pensión del Estado- no es el único en sacar esta conclusión.
"Si yo fuera dominicano, que gracias a Dios no lo soy, estaría en favor de la destrucción de Trujillo como el primer paso necesario para la salvación de mi país y, de hecho, lo consideraría como mi deber cristiano", escribió Henry Dearborn -el jefe de facto de la oficina de la CIA en República Dominicana- en una carta a sus superiores del Departamento de Estado en octubre de 1960.
"Si recuerdan a Drácula, recordarán que era necesario clavar una estaca en su corazón para evitar la continuación de sus crímenes. Creo que la muerte súbita sería más humana que la solución del Nuncio, que una vez me dijo que pensaba que debía rezar para que Trujillo tuviera una enfermedad larga y persistente", añadió.

"La Guerra Fría en el Caribe"

Rafael Leonidas Trujillo había tomado el poder en 1930. Se trataba de un poder absoluto que no admitía oposición. Los que se atrevieron a oponerse fueron encarcelados, torturados y asesinados. A menudo, sus cuerpos desaparecían y se decía que eran utilizados para alimentar a los tiburones.
"Tengo que comparar su régimen con el de Stalin o con el actual gobierno en Corea del Norte", señala el historiador dominicano y ex embajador en Washington, Bernardo Vega.
Zapatos utilizados por Antonio Imbert la noche que dio muerte a Rafael Leonidas Trujillo  (Foto: Tim Mansel)
Cada 30 de mayo, Imbert se coloca los zapatos que se puso para matar al ex gobernante militar.
En 1937, Trujillo ordenó la masacre de varios miles de haitianos en un intento por realizar una "limpieza étnica" y luego a regañadientes pagó una indemnización.
Además, cambió el nombre de la capital a Ciudad Trujillo, así como el de la montaña más alta del país, a la cual denominó Pico Trujillo. Coleccionó medallas y títulos, expropió propiedades y negocios para sí mismo y su familia.
Durante esa época, mantuvo relaciones cordiales con Estados Unidos. Una fotografía tomada en 1955 lo muestra sonriente con el entonces vicepresidente de EE.UU., Richard Nixon.
Sin embargo, la relación se agrió y, en 1960, Estados Unidos cerró su embajada y retiró a su embajador. La gota que colmó el vaso había sido un intento de asesinato patrocinado por Trujillo contra el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt.
El presidente Dwight Eisenhower ya había aprobado un plan de contingencia para eliminar a Trujillo si un sucesor adecuado podía ser inducido a tomar el relevo.
En ese caso, el único material de apoyo proporcionado por EE.UU. a los conspiradores eran tres carabinas M1 -que habían quedado en el consulado de EE.UU. tras la retirada del personal de la embajada- que fueron entregadas con la aprobación de la CIA.

Sin apoyo

Placa en conmemoración de la muerte de Trujillo  (Foto: Tim Mansel)
El asesinato de Trujillo es denominado "ajusticiamiento" y para conmemorar el evento, esta placa...
El nuevo gobierno de Kennedy retiró su apoyo formal al atentado contra la vida de Trujillo en el último minuto.
La fracasada invasión de Cuba en Bahía de Cochinos había tenido lugar sólo tres semanas antes y Kennedy estaba preocupado de que un vacío de poder en la vecina República Dominicana pudiera ser llenado por otro Castro.
"La Guerra Fría se había trasladado al Caribe", explica Bernardo Vega.
El complot para matar a Trujillo fue un desastre. A los pocos días casi todos los involucrados en la conspiración habían sido detenidos, junto con los miembros de sus familias. Fueron encarcelados, torturados y en muchos casos, asesinados.
Pero todos ellos son recordados como héroes. Una placa cerca del lugar donde Trujillo murió conmemora el sacrificio de estos hombres y se refiere a la muerte del ex gobernante militar no como un "asesinato" sino como "ajusticiamiento".
"Nosotros los dominicanos reaccionamos muy negativamente cuando a los que mataron a Trujillo los llaman asesinos", dice Bernardo Vega.
"El ajusticiamiento es una forma de darle un giro positivo, decir que era algo bueno", aclara.

El sombrero y los zapatos

Antonio Imbert le debe su supervivencia a la valentía del cónsul italiano en Santo Domingo, quien le permitió esconderse en su casa durante seis meses.
...así como esta escultura.
Él fue el único de los siete hombres que, tras participar en el tiroteo, sobrevivió el año 1961. Dos de ellos murieron tras resistirse a ser detenidos.
A los otros cuatro los sacaron de la cárcel y les dispararon en un acto de venganza personal ordenado por Ramfis, el hijo mayor de Rafael Leonidas Trujillo.
Antonio Imbert aún conserva una de las carabinas M1 estadounidenses, pero no me permite verla. "Ese tipo de cosas no se muestran", agrega.
Pero sí me deja ver el sombrero que utilizó para disfrazarse en los agitados días después del ataque, mientras caminaba por las calles de la capital en busca de refugio.
Imbert cuenta una historia de cómo tomó un autobús público y el chofer lo reconoció, pero no aceptó que pagara nada por respeto a lo que había hecho.
Su esposa trae el par de zapatos marrones que calzaba la noche que Imbert le disparó a Trujillo.
Son sorprendentemente pequeños- talla 37 y medio- y visiblemente desgastados. "Nunca han sido reparados", me confiesa su esposa.
"Él se los pone cada 30 de mayo y, a veces, los lleva durante varios días", concluye.

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.

Voltaire

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