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viernes, 17 de agosto de 2012

martes, 13 de septiembre de 2011

Entrar un teléfono a cárcel cuesta desde $300 en adelante


Los BB dentro de los recintos cuestan de 5 a 7 mil pesos
Escrito por: SORANGE BATISTA (s.batista@hoy.com.do)
Casi la totalidad de los reclusos de las cárceles de Najayo y La Victoria tienen celulares que entran a esos recintos con el pago de “un peaje” a algún empleado o policía de seguridad que se dedique a esa práctica.
Reclusos consultados afirman que los celulares más sencillos los dejan pasar hasta con RD$300, y las Blackberry pagan de RD$700 en adelante, dependiendo de que tan modernas sea y a que preso pertenezca.
La modalidad consiste en que alguien que va de visita  lleva el celular y lo guarda en los puestos destinados a esos fines que hay alrededor de los recintos. Allí entregan un ticket que, quien lo lleva a guardar entrega al recluso  dentro del penal.
Concluida la visita, el preso pasa el ticket con “el aporte” a quien le hace el favor (policía o empleado), y ésta persona va al sitio donde está guardado el teléfono, lo recoje y lo entrega.
“Eso es algo cotidiano aquí, creo que el 90 por ciento de nosotros tiene celular”, expresó un reo de La Victoria.
La venta dentro.  Aunque aseguran que dentro de los recintos no hay venta abierta de celulares, entre reclusos los venden, y los precios no difieren tanto del costo ‘en la calle’.
 “Una Blackberry se consigue entre RD$4,000 y RD$7,000. Los demás precios son RD$500, RD$700, RD$1000,  RD$1,500. Todo depende del tipo de celular”, detalló el recluso.
Explica que la requisa que a veces realizan para quitar los celulares solo afecta a unos cuantos presos, porque otros tienen sus amarres para que “no  los encuentren”.
Laptop e internet.  Especificamente en Najayo-Hombres, varios presos atestiguaron que ‘los duros’ del penal tienen sus computadoras portátiles con señales de Internet que logran captar con claves de servicio inalámbrico o con dispositivos USB.

martes, 26 de julio de 2011

Reclusos de la Cárcel Rafey marchan por la paz en calles de Santiago


“Paz, no más violencia”, se leía en un lienzo, que también destacaba la fecha del quinto aniversario del Nuevo Modelo Penitenciario


Reclusos de la Cárcel Rafey marchan por la paz en calles de Santiago
SANTIAGO, República Dominicana.-Las autoridades carcelarias de Santiago sacaron este lunes los presos de las celdas del centro penitenciario Rafey-Hombre para celebrar el quinto aniversario del Nuevo Modelo Penitenciario con un llamado a la a la sociedad por paz y la no violencia.

Con la procuradora Corte de Apelación, Vielka Calderón Torres y otras autoridades delante, los internos fueron paseados por las avenidas Circunvalación y Las Carreras, vigilados por los agentes penitenciarios, que custodiaron la manifestación en todo el recorrido.

“Paz, no más violencia”, se leía en un lienzo, que también destacaba la fecha del quinto aniversario del Nuevo Modelo Penitenciario.

En la manifestación sólo marcharon 20 reclusos, y según las autoridades esta iniciativa forma parte de un programa de actividades que lleva a cabo el Centro de Rehabilitación Rafey Hombres, en conmemoración de los cinco años de haber pasado al nuevo modelo penitenciario.

Aseguran que para los internos estas actividades son una forma más de demostrar cómo su vida ha cambiado gracias al programa de formación que llevan a cabo dentro del centro.

A su paso por las calles y plazas, los reclusos eran observados con admiración y curiosidad por la ciudadanía.

martes, 28 de junio de 2011

Despidiendo a Mandela


Nelson Rolihlahla Mandela

Por ARIEL DORFMAN

Madiba, como le llama su pueblo, no nos durará ya mucho: ni a Sudáfrica ni al resto del mundo. Tendremos que luchar por su legado: el de alguien que no es un santo pero sí un sabio, alguien que sabe sonreír

Nelson Mandela posee, por lo menos en Sudáfrica, el don de la ubicuidad. Se lo encuentra en canciones infantiles, en avisos publicitarios, en discursos oficiales y conversaciones informales, en boca de policías, pobladores y banqueros, donde uno coloca la mirada o aguza el oído, el rostro sonriente de Madiba (el nombre de clan con que todos lo llaman) incita a sus compatriotas a la emulación incesante. Una resonancia tan categórica es comprensible. Mandela encarna la derrota del apartheid y la milagrosa transición a la democracia en una tierra que avanzaba hacia una sangrienta guerra civil. Liberado de un cautiverio que duró 27 años despiadados, utilizó su aureola legendaria como el preso político más famoso del planeta para extender una mano de amistad y reconciliación a sus carceleros en vez de predicar la venganza. El prestigio de Mandela se acrecentó aún más cuando, siendo el primer presidente elegido libremente en la historia de su país, rehusó perpetuarse en el poder como es habitual para mandatarios en ese continente.
Yo también he participado en esta idolatría. Yo también lo considero uno de los pocos gigantes morales de que disponemos en nuestra época avara y mezquina.
A pesar de esta admiración, cuando visité Sudáfrica por primera vez en 1997, me inquietó que Mandela fuera la única figura simbólica en torno a la cual podían comulgar todos los sectores, ricos y pobres, gente de derecha y de izquierda, blancos y negros y un arcoíris de otras tonalidades de piel. Retornando este año para dar una conferencia en su honor, descubrí que esta reverencia se había convertido en algo aún más exaltado: se lo trata hoy como un santo. Aunque es cierto que Mandela fue indispensable para instaurar un Gobierno más justo en su país y cierto también que sigue siendo el pegalotodo que aglutina y hermana las facciones de una nación turbulenta y dividida, consideré que tal culto era peligroso, colocando sobre sus hombros una carga de responsabilidad imposible de sobrellevar e impidiendo a su pueblo discutir seriamente cómo vivir en un mundo donde ya no contaremos con su presencia.
Resulta que nada menos que Mandela mismo comparte mi recelo. En la página final de su nuevo libro, Conversaciones conmigo mismo -sin duda el último que este anciano de 92 años publicará bajo su nombre- ese viene a ser su mensaje postrero: "Algo que me preocupaba profundamente en la prisión era la falsa imagen que involuntariamente proyectaba al mundo exterior: que se me viera como un santo". Y concluye: "Nunca fui nada parecido, aun sobre la base de la definición terráquea de que un santo es un pecador que siempre sigue tratando de superarse".
Con la esperanza, por tanto, de moldear un legado que dentro de poco no podrá defender en persona, Madiba busca contar la historia de su vida desde una perspectiva diferente de la que conocíamos en sus consagradas memorias, Largo camino a la libertad, publicadas en 1994. Para que sus lectores tuvieran la oportunidad de encontrarse con un Mandela abierto y asequible, autorizó a un equipo de investigadores a cosechar del mar casi infinito de su archivo un autorretrato más frágil y profano.
No me sorprende que tal misión tardara seis años en llevarse a cabo. Pude inspeccionar en Johanesburgo esos materiales masivos que contienen los residuos de la vida de Mandela durante mi visita a la fundación que lleva su nombre. Para penetrar en ese santuario, uno debe primero descender una amplia escalera en espiral hasta un piso subterráneo, enseguida pasar por una serie de oficinas con grandes ventanales de vidrio y finalmente detenerse ante una puerta de doble llave, detrás de la cual espera una vasta colección de recuerdos: las fotos iniciales de la juventud de Madiba, sus cédulas de identidad y pasaportes verdaderos y fraudulentos, los diarios de vida y calendarios escuetos y los manuscritos clandestinos sacados de contrabando de Robben Island, además de un acopio de notas de todo tipo y tamaño.
Si bien solo unas gotas destellantes de este caudal pudieron recogerse en Conversaciones conmigo mismo, los lectores tenemos la sensación íntima de estar recorriendo ese archivo, saboreando sus delicias, escuchando los pensamientos y emociones más latentes de Mandela, a solo unos redobles de su corazón, especialmente cuando se nos permite asomarnos a las transcripciones de conversaciones que sostuvo con sus más cercanos colaboradores. Ahí llegamos a congeniar con un ícono que se ríe, que vacila y carraspea, que adora los chismes, que acepta sus equivocaciones o insiste en que tiene razón, corremos el velo sobre un hombre que lamenta haberse olvidado de un viejo amigo, sugiere que le gustaría averiguar el paradero de un guardia que se portó bien con los presos.
Todavía más reveladores son los extractos de la correspondencia que se salvó de las décadas en Robben Island, escrita con una dignidad feroz y conmovedora. Es casi como si, en sus horas más oscuras, aun cuando no había esperanza de que se lo liberara, aun el día en que recibió la noticia de la muerte de su hijo o el funeral de su madre, aun cuando borroneaba palabras que sabía nunca llegarían a su destino, aun en esos momentos, especialmente en esos momentos, estaba imaginando un mañana donde cada una de sus expresiones tendría un significado ulterior, cada una meticulosamente examinada, no por cancerberos, sino que por una multitud de habitantes de su patria y del mundo entero.
Hay un aspecto aún más notable de estas cartas desde el presidio. Mientras las hojeamos, podemos adivinar de qué modo astuto Mandela tomó en cuenta la vigilancia de los censores que escudriñaron y obstruyeron su correo. También le está escribiendo subrepticiamente a ellos: casi se puede discernir su certeza de que él es capaz de turbar a esos guardianes con palabras que evidencian la crueldad absurda con que tratan a los reclusos, la confianza de que esos centinelas pueden ser educados. Aunque, de hecho, también se está educando a sí mismo, preparándose para la tarea de sobrepasar el abismo racial y la división de clases sociales que amenazaba con destruir a Sudáfrica.
Tal vez por eso encuentra tan alienante y desacertado que se lo considere un santo. No fue debido a su separación de sus semejantes, su lejanía de la maldad, su distancia de los desalientos de una humanidad vulnerable, que pudo prevalecer. Por el contrario, fue zambulléndose en lo que era negativo en su propio interior y en el doliente mundo que lo rodeaba, fue así que pudo transformarse en el hombre que terminó siendo Nelson Mandela. ¿Cómo llevar a cabo esta hazaña? Hay una palabra suya que retorna una y otra vez: integridad. Su propia integridad y su convicción de que esa entereza existe en todos los seres humanos, por mucho que esté escondida bajo una costra de miedo e intolerancia. La fe de Mandela de que si se apela a los mejores instintos de hombres y mujeres, ellos sabrán, en definitiva, responder. Pero solo lo podrán hacer si comprenden que quien les exige una mejor humanidad compartida no ha traicionado los valores más generosos de la especie, el deseo de un mundo más justo y compasivo.
Es un mensaje que la patria de Mandela necesita volver a escuchar. Su prodigiosa Sudáfrica se encuentra de nuevo en peligro, desorientada, casi sin rumbo. Su tierra dentro de poco tendrá que enfrentar un siglo de lucha renovada por la solidaridad y la paz y la verdad sin la mano conductora de Madiba. Porque Mandela se está despidiendo. ¿Y cómo, entonces, responderle? ¿Cómo honrar su legado, su sabiduría, su magnanimidad?
Solo puedo responder con las palabras que le brindé al final de nuestra conversación hace unos meses en Johanesburgo. Cuando él me dijo adiós, aproveché para pedirle que no hiciera ningún esfuerzo desmedido para asistir a mi presentación, agregando, tal vez con excesiva solemnidad, que era importante que descansara.
-Durante tantos años, -le dije- es usted el que nos ha llevado a cuestas. A su país, al mundo entero, a mí. Ahora nos toca a nosotros. Y fue entonces que, sin soltarme la mano, Nelson Mandela me brindó una sonrisa. He ahí una posible respuesta. Si sabemos llevarlo a Mandela con nosotros hacia el futuro, tendremos la bendición de su sonrisa. ¿O acaso hay algo más que podamos pedirle a este hombre que, afortunadamente para él y para el mundo, no es, después de todo, un santo?

viernes, 24 de junio de 2011

Culpable versus Responsable

Por Sor Maria Mesens
Sir Maria Mesens
Cárcel de Najayo - Hombres.-Todo indica que en sus afanes por recortar las distancias entre la simpleza de sus orígenes y la anhelada realización económica decidió engrasar las ruedas del tiempo con unos milloncitos que cobró a nombre de la empresa en la que trabajaba y nunca reportó. Se alzó con su botín, se armó con finca, camión y apostó a que los dueños de esos dineros “dejaran eso así”. Pero, como suele suceder, los dueños presentaron querella y eventualmente el brazo de la justicia lo alcanzó. Lo hicieron preso y exactamente un año después, nada más que con media sorpresa, me entero que el hombre acaba de ser descargado por insuficiencia de prueba.
El caso, independientemente de las debilidades técnicas de la acusación que hincharon las velas de la “buena suerte” de este señor, me parece ilustra una no siempre ponderada evolución de nuestro sistema de justicia y de la sociedad en su sentido más amplio. Es decir, con más o menos conciencia, hemos ido asumiendo un modelo de aplicación de justicia, quizás, demasiado concentrado en establecer culpabilidades y mucho menos preocupado por las responsabilidades.
Como trabajadora del sistema penitenciario, por ende actor del sistema de justicia, declaro sin vacilaciones que hay mucho más que celebrar en el que falta y lo reconoce que en el que se cree, o dejan que se crea, que se puede salir con las suyas. Lo irónico de todo esto es que los primeros purgan largas condenas, seguramente merecidas, mientras los segundos vuelven al seno de la sociedad que lastimaron, seguramente sin merecerlo, con mas y mayores ínfulas, arrojo e irrespeto.

La culpa es algo que tiene que probarse y no depende necesariamente del concurso del imputado, sin embargo, la responsabilidad cuelga de la conciencia del ser humano. Las culpas se pueden negociar, fabricar y en algunos casos hasta eludir. La responsabilidad es mucha más personal, dolorosa, íntima y sanadora. Solamente con él/la responsable se puede trabajar en corrección y rehabilitación pues él/la reconoce falta, asume consecuencias y reconstruye vida.

Recientemente los españoles han reintroducido el valor de la indignación en la cotidianidad de las primeras planas. Yo digo que indignarse no es suficiente. En eso hemos estado desde hace años aquí. Basta de retórica y exijamos rigor científico en la denuncia así como en la corrección de lo denunciado. Más que reformar, es tiempo de rescatar el valor del bien común con desinterés material e inmaterial adoptando sólo medios buenos sobre los que se pueden construir fines nobles.

martes, 21 de junio de 2011

Un hombre roba US$1 para obtener atención médica gratuita en la cárcel

Última actualización: Miércoles, 22 de junio de 2011
James Verone
Verone no tiene intención de abandonar la prisión durante los próximos tres años. (Foto: Oficina del alguacil del condado de Gaston)
El mayor deseo de James Verone era estar preso.
A sus 59 años, este hombre de Carolina del Norte, Estados Unidos, no tenía dinero ni trabajo pero sí una protuberancia en el pecho, artritis generalizada, síndrome del túnel carpiano y un problema en el pie izquierdo.
Así que esta semana fue al banco más cercano y le entregó -sin estar armado ni emplear la violencia- una nota a la cajera de turno que decía: "Esto es un atraco, dame un dólar".
"No estaba asustado", relató luego Verone.
Tras entregar el papel, se sentó en uno de los sillones del banco a esperar que la policía llegara y lo arrestara.
Su plan para obtener atención médica gratuita se había materializado.

"Si no se tiene salud, no se tiene nada"

A pesar de que su fianza fue reducida de US$100.000 a US$2.000, Verone no tiene ninguna intención de pagarla.
Se trata de una historia dramática, que ejemplifica muy bien la desesperación que puede llegar a invadir a aquellos estadounidenses que se enferman -o sufren un accidente- sin tener un seguro médico privado.
Un estudio de la Universidad de Columbia publicado en octubre de 2010 ya señalaba que Estados Unidos, comparado con otros doce países, se encuentra rezagado en sus intentos por aumentar la expectativa de vida de sus ciudadanos.
Los investigadores advertían entonces que la muerte de muchos estadounidenses no se debe exclusivamente a las razones "comúnmente citadas" como obesidad, tabaquismo, accidentes de tránsito y violencia.
"Las fallas en el sistema médico estadounidense, como la atención especializada costosa y fragmentada podrían estar jugando un papel clave en el relativamente pobre desempeño del país para mejorar la expectativa de vida de sus ciudadanos", explicó Peter Muennig, el investigador que dirigió el estudio.
Verone dijo a la prensa local que le gustaría estar preso durante al menos tres años, para poder solicitar los beneficios de la seguridad social -que en EE.UU. pueden obtenerse a partir de los 62 años- durante el resto de su vida.
Al tener que escoger entre vivir adolorido o estar preso, Verone aseguró estar "contento" con su decisión que -según él- estuvo meditando durante mucho tiempo.
"Ya no podía soportar el dolor, así que no me arrepiento. Si no se tiene salud, no se tiene nada", recalcó.

miércoles, 15 de junio de 2011

“Mentira, maldita mentira y las estadísticas"

Los tres grados de la mentira según Mark Twain aplicados al contexto penitenciario
Por Sor María Mesens
Sir Maria Mesens
Cárcel de Najayo-Hombres.- Hará unos 10 días que recibí en mi despacho en la Cárcel Modelo de Najayo Hombres a cuatro jóvenes estudiantes de derecho de Unibe. Sus edades oscilaban entre los 19 y 21 años. Sus profesores les habían ordenado un trabajo sobre el sistema penitenciario dominicano y ellos andaban investigando. Querían saber si efectivamente era posible regenerar a quien se le reputa culpable de un hecho castigado por el andamiaje legal dominicano. Mi respuesta respaldada por 40 años trabajando educación, 10 en el sistema de cárceles dominicano, fue que efectivamente era posible. Sin embargo, les advertí que la regeneración no era un proceso mecánico y que había que promoverla y medirla caso por caso. No puede confundirse, les dije, ocupar la gente con rehabilitarlos. Lo primero es relativamente fácil si se tienen los recursos materiales y humanos. Lo segundo, es mucho más complejo pues exige ciencia, voluntad, renuncia, compromiso, esperanza y la creencia de que es posible de parte de todos los involucrados en el proceso. Entonces, en mi afán de ilustrar los potenciales,  incluí en mi respuesta algunas estadísticas que había escuchado recientemente de boca de uno de los principales ejecutivos del sistema penitenciario dominicano.

A diferencia de Twain yo no me cuento entre las que piensan que las estadísticas sean la máxima expresión de la mentira. Del mismo modo, tengo que decir que lamenté cuando pude comprobar el recelo contra toda declaración oficial, incluidas las estadísticas, que me demostraron mis jóvenes visitantes. Sin embargo, el estilo fresco de estos muchachos me hizo revisar mi actitud y producir eventualmente una respuesta que es lo que hoy, con el perdón del lector, me permito compartir:

“Ustedes tienen razón, los números no me dan seguridad. Si yo no me siento más segura cuando la P.N., Ministerio del Interior, DNCD o cualquiera de esas otras instituciones hablan de una reducción en la tasa de la delincuencia, entonces nadie tendría que pedirme que me sienta más segura porque tanto por ciento de la gente se rehabilita.  Como miembro de la sociedad que ha sido víctima de las faltas de estos hombres y mujeres, antes que números, yo preferiría poder seguir la ruta crítica que defina las razones, las que sean, que llevaron desde el punto de vista conductual a infringir la ley. Igualmente me gustaría conocer cómo y cuál tratamiento ha sido aplicado bajo la tutela del sistema penitenciario para primero atender y luego resolver esa o esas inconductas. Si pudiera conocer esa información, si pudiera comprobar empíricamente que se ejecuta un programa que toma en cuenta las individualidades, entonces seguramente se me haría más fácil creer y confiar.”

Puede que sea un reclamo injusto, demasiado complicado y si así fuera ruego me disculpen. Pero es que los muchachos me recordaron que la enfermedad no está en la sábana.



m_mesens@yahoo.com
mmesenskaers@gmail.com

miércoles, 27 de abril de 2011

Condenan ex presidente de Costa Rica a cinco años de cárcel por corrupción

Miguel Ángel Rodríguez (1998-2002) es el segundo mandatario costarricense condenado por dolo

SAN JOSE.- El expresidente costarricense Miguel Ángel Rodríguez (1998-2002) fue condenado hoy a cinco años de prisión por el delito de corrupción agravada en la licitación pública para telefonía celular, otorgada a la firma Alcatel durante su mandato. 

Rodríguez, exsecretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), se convirtió así en el segundo exmandatario costarricense condenado por un caso de corrupción, luego de que Rafael Ángel Calderón (1990-1994), recibiera una sentencia de cinco años de prisión en 2009. 

El Tribunal de Juicio de Hacienda, en el Segundo Circuito Judicial de San José, absolvió a Rodríguez de otros cuatro delitos por presunto enriquecimiento ilícito, que también le imputó la Fiscalía y por los que había pedido siete años de prisión para el exgobernante. 

Rodríguez quedó, además, inhabilitado para ejercer cualquier puesto en la función pública por un período de 12 años, de acuerdo con la sentencia.

El ex jefe de Estado, que mantuvo la compostura durante la lectura de la sentencia, ha insistido siempre en su inocencia y denunciado que el caso en su contra ha sido un "circo político" y mediático. Momentos antes de ingresar a la sala de juicio, vestido con un traje entero gris, reiteró ante la prensa su confianza en recibir una sentencia justa que lo absolviera de todos los cargos. 

El expresidente se vio incriminado en el caso luego de que uno de sus asesores de confianza, José Antonio Lobo, afirmara que lo instigó para que aceptara una comisión de Alcatel de dos millones de dólares para asegurar la licitación, de la cual el exmandatario pidió recibir el 60 por ciento. 

El monto de la licitación del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), monopolio de las telecomunicaciones en la época, adjudicada a Alcatel fue de 149 millones de dólares para la instalación de 400.000 líneas de telefonía celular en 2001. 

La acusación de la Fiscalía involucró además a otros ocho imputados, entre funcionarios públicos, asesores, abogados y el entonces representante de Alcatel en Costa Rica, Edgar Valverde, quienes se vieron involucrados con sobornos girados por la empresa francesa por un total de 14 millones de dólares. Todos ellos recibieron penas diversas entre cinco y 20 años de prisión. 

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.

Voltaire

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