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sábado, 10 de marzo de 2012
sábado, 10 de diciembre de 2011
Renuncia un profesor universitario porque sus alumnos no saben escribir
Vencido, Camilo Jiménez, docente de Ciencias de la Comunicación de laUniversidad Javeriana de Colombia, tiró la toalla tras confirmar la incapacidad de sus estudiantes de entregar un párrafo sin errores.
El diario colombiano en la cual este profesor frustrado relata sus infructuosos intentos por lograr que jóvenes de 20 años, que aspiran a ser periodistas, hiciesen un análisis de texto mínimamente coherente. ¿Un mal de muchos estudiantes latinoamericanos?
Reproducimos, a continuación, la carta en la que Jiménez explica el porqué de su renuncia a la cátedra Evaluación de Textos de No Ficción, materia integrante del área de Producción Editorial y Multimedial.
Camilo Jiménez al diario El Tiempo. 9 de diciembre 2011
Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza que pudiera pasar por literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de condensar un texto de mayor extensión, es decir, un resumen, un resumen de un párrafo, en el que cada frase dijera algo significativo sobre el texto original, en el que se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito -ortografía, sintaxis- y se cuidaran las mínimas normas: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. Era sólo componer un resumen de un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.
No voy a generalizar. De 30, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos en sus 20 años no pudieron, en cuatro meses, escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro. Estudiantes de Comunicación Social entre su tercer y su octavo semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la familia. Son hijos de ejecutivos que están por los 40 y los 50, que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos, posgraduados. En casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos 20 de esos estudiantes tienen banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en canales por cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que aguadepanela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.
Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no tienen presentaciones de Power Point ni películas; a lo más, vemos una o dos en todo el semestre. Quizá, ya no es una manera válida saber qué es una crónica leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles una presentación con frases en mayúsculas que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la película Capote en lugar de hacer que lean A sangre fría. Quizá, no debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien palabras, sino de tres cuartillas, mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el miércoles.
De esas limitaciones y dubitaciones, quizá, vengan las pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre, sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. De ahí, quizá, vengan sus párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con frases cojas, desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, que me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo de zombis. Quizá, eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.
El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece a la línea deProducción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación Social de laUniversidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil, ensayo, memorias y testimonios. A partir de clásicos nacionales y extranjeros, los estudiantes componían escritos como los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero, un resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo -contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera-. Una vez que la mayoría hubiera conseguido un resumen pertinente y económico, pasábamos a escritos más complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe editorial o una reseña.
En el centro de todo el programa estaban la participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí siempre en la participación en clase para fomentaractividades que noto algo empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una conversación.
El otro concepto transversal, la economía lingüística, buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en 100 palabras debe sintetizar un libro de 200 páginas, debe cuidar cada palabra, cada frase, cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros, revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores.
Los estudiantes de este último semestre, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen. No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía y espíritu crítico.
Debe ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook. "Esos gorditos de más". El mensaje en el Blackberry.
Nunca he sido mamerto, ni amargado, ni ñoño: a los 20 años, fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba con alcohol cada vez que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas e hice cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho tiempo en eso. Pero leía.
No sé. En esos tiempos lo importante, creo, era discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba eso: buscar. Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos veinteañeros alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.
Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo, sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al "sistema". Peroalgo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los 20 años o menos.
Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee mucho, en Internet. Lo que debe preguntarse es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook.
Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá la lectura sea ahora salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y en consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida, siempre con errores. Por eso, los nuevos párrafos que se están escribiendo parecen zombis. Ya veremos qué pasa dentro de unos pocos años, cuando estos veinteañeros de ahora tengan 30 y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora, para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas, voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a esta carta de renuncia con un nudo en la garganta.
Camilo Jiménez
Especial para EL TIEMPO
viernes, 21 de octubre de 2011
El mendigo que guarda una fortuna en banco
Esa es la historia de Irwin Corey, un popular actor y humorista estadounidense de 97 años, que ha pasado los últimos 17 mendigando en las calles de la Gran Manzana En muchas ocasiones las apariencias engañan y donde creemos ver a un simple mendigo que se dedica a pedir limosna en las calles de Nueva York, en realidad se esconde un anciano millonario que vive en un piso de Manhattan valorado en más de tres millones y medio de dólares. Esa es la historia de Irwin Corey, un popular actor y humorista estadounidense de 97 años, que ha pasado los últimos 17 mendigando en las calles de la Gran Manzana, según podemos leer en la bitácora «Planeta curioso». Corey, que es conocido como «el Profesor» y tiene su propia página web, asegura que comenzó a pedir limosna para combatir la soledad que le produjo la muerte de su esposa, ocurrida en 1995. En su larga trayectoria, Corey ha participado en numerosos programas y series de televisión, así como en más de una veintena de películas. Su última intervención cinematográfica tuvo lugar en 2001, en la comedia de Woody Allen «La maldición del escorpión de jade». Según señalan diarios como el «New York Times» y el «Daily Mail», el humorista, que camina ayudado por un andador, recauda entre 100 y 250 dólares diarios pidiendo limosna o leyendo el periódico a los viandantes. Sin embargo, Corey no utiliza ese dinero para su propia subsistencia, sino que lo dona a una organización benéfica que ayuda a la infancia en Cuba. Y es que el actor además de ser propietario de una cuenta corriente saneada y una vivienda valorada en más de tres millones y medio de dólares, también posee su propia fundación con fines humanitarios. Toda una lección de humildad y solidaridad para las esferas más acaudaladas. |
jueves, 1 de septiembre de 2011
Un testamento de Juan Bosch
Notario inventarió las pertenencias del derrocado presidente
Escrito por: ANDRÉS L. MATEO
El tres de mayo del año 2007 publiqué en el desaparecido periódico “Clave” el acta de los muebles y efectos personales de la Familia Bosch-Quidiello, levantada por el notario Francisco Sánchez Báez, unos días después del golpe de Estado de 1963. El acta del notario se ha transformado en un testamento revelador. Quiero reproducir ese artículo pidiéndoles a los lectores que lean atentamente las descripciones del notario, y que piensen, no sin sonrojos, en lo que ocurre hoy. He aquí el artículo:
“A las siete de la mañana del día 28 de septiembre de 1963, el abogado notario de los del número del Distrito Nacional, doctor Francisco Sánchez Báez, entró a la casa del profesor Juan Bosch, Presidente de la República que hacía tres días había sido derrocado. Los golpistas le habían confiado la misión al notario de levantar un acta de comprobación de los muebles y efectos que había en la residencia del expresidente derrocado.
Acompañado de un contingente militar, y en presencia de testigos, el notario Sánchez inventarió una por una las pertenencias del profesor Juan Bosch y su esposa, detallando con minuciosidad jacobina cada objeto: “Una mesa de metal de hierro con tope de vidrio y seis sillas, dos mesas más del mismo material, dos mamparas, una de tela, otra de pajilla con marcos de madera; una alfombra de guano, dos alfombras de algodón, un juego de muebles de ratán acojinados color verde, compuesto de cuatro butacas y dos mesas; una televisión Admiral con pantalla de veintiuna pulgadas, una consola color crema, una lámpara de pie de bambú, un adorno de pared con motivos indígenas, dos juegos de muebles estilos danés acojinados color caoba, compuestos de siete sillones y cuatro mesas; dos lámparas de sala, una con pantalla de cabuya y una de cartón; siete cuadros ornamentales y una Virgen de la Altagracia, dos camitas gemelas de madera americana pintadas de gris con sendos colchones, dos camitas sin espaldar con sus colchones, cuatro mecedoras de madera simulando bambú o pajilla, un archivador de metal color gris de dos gavetas, una máquina de escribir UnderwoodFive, color gris; un escritorio de playwood y formica con sillón forrado de cuero color negro, un tintero de mármol con dos plumas fuentes, una lámpara de mesa con base de metal y tubo de vidrio, un cuadro holográfico del señor Juan Bosch y varias fotografías del mismo, un escudo nacional labrado de caoba, un cofre de caoba, una mesita para teléfono de caoba, tres tomos de la obra “Tres años de Gobierno Democrático”, por Rómulo Betancourt, ciento setenta y dos volúmenes de libros y revistas diversos, dos ídolos de madera, una grabadora, un cenicero de mármol blanco, un cortapapel y una tijera cromados, un cofre de madera forrado de metal, tres floreros y trece ceniceros.
Esos eran los modestos objetos caseros del Presidente Bosch, y el acta no habría sido más que un aburrido documento jurídico si en la misma el apurado notario no hubiera consignado que: “Los muebles y efectos descritos precedentemente, según declaración de la señora Carmen Quidiello de Bosch, son propiedad de ella y de su esposo, señor Juan Bosch, y que muchos de estos muebles han sido adquiridos en ventas a plazos y serán devueltos a los vendedores correspondientes por no haber sido pagados en su totalidad”.
Esa aclaración convierte esta acta en un documento histórico, y nos permite recuperar unas cuantas emociones ineludibles. ¿Un Presidente de la República con siete meses en el ejercicio del poder, coge fiao a plazos los muebles de la casa en que vive? A los funcionarios peledeístas de hoy esto les debe parecer una vanidad inocente, pero todos esos nuevos ricachones deben saber que son esas epifanías las que transforman a un líder en un personaje decisivo e inevitable. Ese Juan Bosch que debía los muebles cuando lo derrocaron, no cabe en los afanes de enriquecimiento de un discipulado que enarbola una hipocresía insolente cuando lo nombra, y que exhibe un confort ofensivo. Diómedes Núñez Polanco debería mandar a enmarcar esta acta notarial, y ponerla en las oficinas públicas, junto a la foto de Leonel Fernández, para que muchos sepan por qué yo llamo a Juan Bosch moralista problemático”.
“A las siete de la mañana del día 28 de septiembre de 1963, el abogado notario de los del número del Distrito Nacional, doctor Francisco Sánchez Báez, entró a la casa del profesor Juan Bosch, Presidente de la República que hacía tres días había sido derrocado. Los golpistas le habían confiado la misión al notario de levantar un acta de comprobación de los muebles y efectos que había en la residencia del expresidente derrocado.
Acompañado de un contingente militar, y en presencia de testigos, el notario Sánchez inventarió una por una las pertenencias del profesor Juan Bosch y su esposa, detallando con minuciosidad jacobina cada objeto: “Una mesa de metal de hierro con tope de vidrio y seis sillas, dos mesas más del mismo material, dos mamparas, una de tela, otra de pajilla con marcos de madera; una alfombra de guano, dos alfombras de algodón, un juego de muebles de ratán acojinados color verde, compuesto de cuatro butacas y dos mesas; una televisión Admiral con pantalla de veintiuna pulgadas, una consola color crema, una lámpara de pie de bambú, un adorno de pared con motivos indígenas, dos juegos de muebles estilos danés acojinados color caoba, compuestos de siete sillones y cuatro mesas; dos lámparas de sala, una con pantalla de cabuya y una de cartón; siete cuadros ornamentales y una Virgen de la Altagracia, dos camitas gemelas de madera americana pintadas de gris con sendos colchones, dos camitas sin espaldar con sus colchones, cuatro mecedoras de madera simulando bambú o pajilla, un archivador de metal color gris de dos gavetas, una máquina de escribir UnderwoodFive, color gris; un escritorio de playwood y formica con sillón forrado de cuero color negro, un tintero de mármol con dos plumas fuentes, una lámpara de mesa con base de metal y tubo de vidrio, un cuadro holográfico del señor Juan Bosch y varias fotografías del mismo, un escudo nacional labrado de caoba, un cofre de caoba, una mesita para teléfono de caoba, tres tomos de la obra “Tres años de Gobierno Democrático”, por Rómulo Betancourt, ciento setenta y dos volúmenes de libros y revistas diversos, dos ídolos de madera, una grabadora, un cenicero de mármol blanco, un cortapapel y una tijera cromados, un cofre de madera forrado de metal, tres floreros y trece ceniceros.
Esos eran los modestos objetos caseros del Presidente Bosch, y el acta no habría sido más que un aburrido documento jurídico si en la misma el apurado notario no hubiera consignado que: “Los muebles y efectos descritos precedentemente, según declaración de la señora Carmen Quidiello de Bosch, son propiedad de ella y de su esposo, señor Juan Bosch, y que muchos de estos muebles han sido adquiridos en ventas a plazos y serán devueltos a los vendedores correspondientes por no haber sido pagados en su totalidad”.
Esa aclaración convierte esta acta en un documento histórico, y nos permite recuperar unas cuantas emociones ineludibles. ¿Un Presidente de la República con siete meses en el ejercicio del poder, coge fiao a plazos los muebles de la casa en que vive? A los funcionarios peledeístas de hoy esto les debe parecer una vanidad inocente, pero todos esos nuevos ricachones deben saber que son esas epifanías las que transforman a un líder en un personaje decisivo e inevitable. Ese Juan Bosch que debía los muebles cuando lo derrocaron, no cabe en los afanes de enriquecimiento de un discipulado que enarbola una hipocresía insolente cuando lo nombra, y que exhibe un confort ofensivo. Diómedes Núñez Polanco debería mandar a enmarcar esta acta notarial, y ponerla en las oficinas públicas, junto a la foto de Leonel Fernández, para que muchos sepan por qué yo llamo a Juan Bosch moralista problemático”.
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