
Con cariño para Angela Méndez hija de Prin Ramírez
El
asesinato de Nizao y la matanza de El Número. – El tétrico relato de un
superviviente. – Un general trujillista, jefe de forajidos del régimen
–Cómo ha sido posible describir la maquinaria de terror de la tiranía. –
Escenas dantescas de crueldad inaudita.Por: Juan Bosch
Desde
su lecho de hospital en una ciudad de provincias, un joven malherido y
quemado, con el alma espantada por el terror pero el corazón templado
por la lealtad, iluminó con un relato dantesco la tenebrosa cueva del
trujillismo. Ese joven, chofer de camión, logró sobrevivir al abominable
crimen de Nizao y a la matanza de El Número, perpretados el primero de
junio de este año por el jefe de la aviación dominicana a instancias de
su amo y señor, el dictador Rafael L. Trujillo. Asesinado inmediatamente
después de haber hecho su macabra historia, Juan Rosario, de 21 años,
murió con el triste privilegio de haber sido el único hombre que en
veinte años de horrendos crímenes testimonió letra a letra su
experiencia. Por primera vez a lo largo del trujillato, una persona
supervivía el tiempo necesario para denunciar los métodos con que la
maquinaria de terror del tirano ha estado exterminando a los dominicanos
y paralizando de miedo a su desamparado pueblo.
El Tigre Ronda en la Sombra:
En
la tarde del primero de junio, Juan Rosario atendía a la carga del
camión que manejaba, el “ International” placa Núm. 9754, propiedad de
Porfirio Ramírez Alcántara, “ su patrón”, según decía. Con cierta
prevención, el chofer vió pasar por allí, varias veces, a Augusto María
Ferrando, excapitán del Ejército, y recordó que tres días antes ese
mismo Ferrando había suplicado a Ramírez Alcántara que lo condujera en
su camión, pues se había quedado a pie en el entronque de dos
carreteras.
Porfirio Ramírez Alcántara era comerciante, con
establecimientos puestos en San Juan de la Maguana, en el sur del país, y
en la Capital; desde su almacén de la Capital iba a salir al anochecer
de ese día hacia San Juan, con doscientos quintales de harina, un chofer
de reemplazo y tres peones; de manera que irían seis hombres en total, a
menos que el tal Ferrando pidiera que lo llevaran de nuevo, en cuyo
caso serían siete. Pero Ferrando desapareció a poco. En lugar suyo un
hombre y una mujer de pueblo suplicaron al dueño que los dejara ir con
él. Así, cuando el camión inició su partida, eran ocho los que salían
hacía el sur, en un viaje llamado a terminar en la muerte. Ferrando no
iba; Ferrando estaba allí cumpliendo su papel de “ chequeador”, como lo
había cumplido tres días antes, cuando pidió un puesto en el vehículo
con el encargado expreso de conocer desde adentro los movimientos del
dueño. Ferrando era la mirada del tigre, que rondaba en las sombras.
Cuatro
y medio kilómetros después de haber dejado la ciudad, el “
International” placa Núm. 9754 se detuvo en el puesto de guardia
conocido por El Escuadrón. Allí como en todos los puestos similares a lo
largo de las carreteras del país, el propietario dió los nombres de las
personas que viajaban con él, él número de cédula de identidad de cada
uno, marca, placa, capacidad y carga. Ya iba a reanudar viaje, cuando el
sargento le pidió que llevara a ocho soldados que debían llegar esa
noche a Nizao, un río que cruza entre las ciudades de San Cristóbal y
Baní. Los soldados no portaban armas largas, cosa de tomarse en cuenta.
Juan Rosario la tomó, como tomó nota también de la salida de un
“comando”,
que se adelantó dos o tres minutos al camión y partió en las sombras de
la noche en dirección Sur. En la oscuridad, el
“comando” no se había
dejado ver antes. El chofer llamó la atención del patrón. Los dos
ignoraban que, tanto como Ferrando, ese vehículo era el tigre que
rondaba en la noche.
“ El Patrón Luchaba como un León”
En
la entrada del puente de Nizao el “International” se detuvo porque había
que comprar el boleto para el cruce, y Ramírez Alcántara recordó a los
soldados que debían bajarse, puesto que habían llegado a su destino. “No
es aquí; es en la entrada del poblado”, respondió uno por todos. Allí
era la criminal cita. Al frenar para dejar en tierra a los ocho
soldados, vieron de pronto el “comando” en las sombras
-¡ Muchachos, pie a tierra que estos bandidos nos han puesto una emboscada! - gritó Porfirio Ramírez.
En
medio de la noche había distinguido uniformes de oficiales que portaban
palos, y los había visto caminar sobre él con el paso aterrador de los
felinos. Allí estaban Federico Fiallo, general de brigada y jefe de la
aviación; los capitanes Alcántara y Almanzar, del Ejército, y con ellos
el excapitán Augusto María Ferrando, el cobarde de “chequeador”.
Acercándose a Ramírez Alcántara, el general Fiallo preguntó”
-“¿ Me conoces?”
Ciego
de cólera, y seguro de que su hora final había llegado, Porfirio
Ramírez, un hombrón de más de doscientas libras, de casi seis pies,
valiente hasta la temeridad, respondió:
-¿Cómo no te voy a conocer, asesino?- y agregó de inmediato:
-¿ Es así que matan ustedes a hombres machos?
Federico
Fiallo, ejecutor de mil crímenes, no esperaba semejante reacción. Tal
vez por eso no atacó antes. Con la rapidez de la centella, Porfirio
Ramírez saltó sobre él y le pegó en la quijada; y cuando el orondo
general de brigada rodaba por tierra, mientras los soldados encañonaban a
choferes, peones y acompañantes, avanzaron los oficiales con los palos
en alto. Uno de ellos se lanzó sobre Ramírez. Pero Ramírez le arrebató
el tronco y de un solo golpe lo dejó muerto. Dos oficiales más cayeron,
abatidos por el brazo vigoroso de aquel hombre que defendía su vida con
la fiereza de un héroe.
-El patrón luchaba como un león, doctor –
relataba al doctor Víctor Manuel Ramírez hermano de la víctima, horas
después, el chofer Juan Rosario.
Porque era un león lo
asesinaron. Desde tierra, magullado, humillado por el puño de Porfirio
Ramírez, el general Fiallo ordenó que le dispararan. A los tiros cayó el
bravo. Con la vehemencia de los saqueadores, antes aún de pensar en
recoger los cadáveres de los oficiales muertos a palos de Ramírez,
Fiallo y sus soldados se lanzaron a registrar los bolsillos de Ramírez,
de donde extrajeron poco más de dos mil dólares; después arrastraron el
cuerpo hasta un bosquecillo cercano.
La matanza de los Testigos:
Muerto
Porfirio Ramírez Alcántara, cuyo imperdonable delito era ser hermano
del general Miguel Angel Ramírez, -el hombre que dirigió en Costa Rica
la batalla de San Isidro del General y batió allí a las fuerzas
combinadas de la guardia nacional nicaragüense y del partido comunista
centroamericano-, quedaban vivos siete testigos de la macabra acción
dirigida por el jefe de la aviación trujillista: dos choferes, tres
peones, un hombre y una mujer del pueblo.
“ Entonces—contaban en
el umbral de la muerte Juan Rosario al atribulado hermano de Ramírez
Alcántara - - Fiallo dió órdenes al jefe de los soldados que nosotros
mismos habíamos transportados, para que se pusiera a manejar el camión y
nos llevara al lugar que ellos sabían”
Ese lugar era El Número,
vertiginosa curva en la ladera de las montañas, a cincuenta y cuatro
kilómetros del sitio donde quedaba el cadáver de Porfirio Ramírez. Allí
había otro “comando”, y, armados de palos, numerosos soldados y
oficiales, entre los cuales el chofer Juan Rosario reconoció al capitán
Almonte Mayer, al teniente Almánzar, al sargento de la policía nacional
Alejandro Méndez, llamado a ser la última víctima del siniestro complot,
y a un policía nombrado Horacio. A las Conminatorias voces de los
asesinos, los aterrorizados del camión descendieron. Pero no se
entregaron sin luchar. “Nos mataban a palos como si fuéramos fieras
malas, doctor”, contaba Rosario. Y relató que él vió a la mujer pedir
misericordia de rodillas, y caer después con el cráneo destrozado a
resultas de un terrible garrotazo; que vió a uno de los peones saltar
enloquecido al abismo, tras haber recibido un feroz golpe en la frente.
Tendido
allí, como muerto entre los cadáveres, Juan Rosario advirtió que los
tomaban uno a uno, los metían en el camión, descargaban el tanque
auxiliar de gasolina que llevaban en todos sus viajes, regaban la
gasolina sobre los cuerpos y en todo el vehículo, le pegaban fuego y
luego empujaban el International hacia el derriscadero. El camión fue
cayendo, envueltos en llamas; pero los troncos y los grandes pedruscos
lo pararon cuando apenas llevaban veinticinco metros barranco abajo.
Vivo y consciente, el chofer Juan Rosario sentía el fuego quemándole las
carnes; y no lanzaban un quejido porque sabía que si los monstruos que
desde el filo del abismo esperaban que todo quedara consumido por las
llamas le oían, iban a rematarlo a tiros. Aunque era parte del complot
no disparar, para que no se oyeran las detonaciones, lo harían en última
instancia, como lo hicieron en Nizao cuando comprendieron que sólo a
fuerza de balas podían liquidar al
“patron”. Así, Juan Rosario
prefirió el fuego. Y cuando oyó a los criminales alejarse, se arrastró
como pudo, abandonó el humeante montón de hierros y cadáveres y se lanzó
a cortar monte, camino de la salvación.
Ese muchacho de 21 años,
hombre de pueblo, que tenía en el pecho un corazón de roca, aprovechaba
el fúnebre privilegio de superviviente de los millares de crímenes con
que Trujillo ha aterrado al país. Antes de ser rematado en el hospital
de Baní pocas horas después, su voz apasionada de indignación y de
hombría iba a alumbrar la cueva siniestra del trujillato. Por esa voz
iba a conocerse pieza a pieza el engranaje de asesinatos y despojos que
ha puesto a funcionar la tiranía.
Los Conjurados de la Dignidad:
En
la mañana del dos de junio, el doctor Víctor Manuel Ramírez Alcántara,
médico que ejercía en San Juan de la Maguana, recibió una llamada
telefónica. Un amigo le avisaba que el Cónsul de Suecia, en viaje desde
la Capital, acababa de informarle que en la curva de El Número había un
camión, el cual ardía con sus ocupantes todavía en la mañana; según el
Cónsul, gente del lugar afirmaba que el camión era propiedad de un señor
Ramírez de San Juan. El doctor Ramírez Alcántara no había colgado aún
el teléfono cuando ya estaba pensando salir hacia El Número. Cuando
llegó allí el “International” ardiendo veinticinco metros abajo, en los
abismos. Quiso lanzarse en pos de los cadáveres, siquiera; pero tres
soldados, un fiscal y un juez se lo impidieron. La indignación cundía
entre los campesinos que presenciaban la escena. Uno de ellos se acercó
al médico.
-Dicen que en Baní hay un herido. Vaya a verlo, porque a su hermano lo asesinaron éstos -dijo señalando hacia los soldados.
Una
hora después, el doctor Ramírez Alcántara estaba en el hospital de
Baní, la ciudad donde el buen destino de Cuba quiso que naciera su
libertador. Valiéndose de toda suerte de argucias, se acercó al herido.
Era Juan Rosario, malamente golpeado en la cabeza, quemado y pálido de
angustia.
-¡Doctor, anoche mataron al patrón! -dijo el muchacho.
Y
tratando que no le oyeran las enfermeras, hizo el tremendo relato del
espantoso crimen de Nizao. No olvidó un detalle. El sabía que estaba
condenado a muerte, y no precisamente por sus heridas, pues el doctor
Ramírez Alcántara calculó que podía curar en cuarenta días, sino porque
la bárbara cuadrilla que Trujillo mandó a la masacre volvería por él. El
grave error tenía que ser subsanado cuanto antes. Lo fue. Dos horas
después, Juan Rosario sería ultimado en la misma cama donde hizo la
trágica denuncia.
Y con ella, el médico volvió a Nizao en busca
del cadáver de su hermano. No estaba, aunque se veían por allí charcos
de sangre. Un viejo campesino le contó que en la alta noche había oído
tiros y que un nieto suyo había visto al amanecer el cuerpo de un
hombre. Estando allí oyó referir que en las cercanías de Baní enterraban
un hombre. Corrió allá; pero el muerto no era su hermano, sino el peón
que al golpe del madero con que se le asesinaba había saltado al fondo
del abismo, en un grotesco y terrible salto mortal.
Por donde se
moviera, el médico hallaba gente de pueblo acumulando detalles. Había en
medio del terror una conjura, la de la dignidad; y anónimamente todo el
que podía se enrolaba en ella. Nadie quería que por cobardía suya
quedara en las sobras la triste hazaña del tirano. El último en formar
fila entre los conjurados de la dignidad fue el sargento Alejandro
Méndez. Llegó a la consulta del doctor Ramírez y contó su tortura: él
había participado en el crimen, aunque no a conciencia. Estando en su
puesto en San Juan, a prima noche del jueves día primero, había recibido
órdenes de hacerse acompañar de un policía y trasladarse en un “
comando” al lugar que se le indicara. El “comando” pasó a recogerlo;
iban montándolo el Capitán Almonte Mayer, el teniente José de las Cruz
Almánzar y varios números. Ya en El Número, se detuvieron a esperar,
hasta que asomó por la curva el camión que poco antes había sido el
instrumento de trabajo de Porfirio Ramírez.
-Su hermano no estaba
en él, doctor; lo habían matado en Nizao, según dijeron después los
soldados que venían en el camión. Nos dieron orden de asesinar a los
peones, a los choferes, a una pobre mujer... A usted van a matarlo
también. Cambie de aposento, porque lo vigilan.
En la cueva del Monstruo:
En
Santo Domingo es tradicional que entre los Ramírez de San Juan el valor
se da silvestre; y el médico Víctor Manuel y su hermana Genoveva viuda
de Iriarte no iban a ser excepción en la familia. Con toda entereza se
dieron a denunciar el crimen de esquina en esquina. Conocían al dedillo
cada paso de los asesinos; habían tenido la amarga fortuna de descubrir
los hilo del complot. Colérico, Trujillo ordenó que se les llamara a la
Capital. El Procurador General de la Nación – equivalente al Ministro de
Justicia en otros países -los hizo llevar a su despacho para pedirles
cuenta. Ellos estaban haciendo rodar el rumor de que el Gobierno había
asesinado a su hermano, y eso tenía una grave pena según ellos no
ignorarían. El doctor Víctor Manuel Ramírez y su hermana Genoveva
supieron responder:
-Nosotros no acusamos a nadie; simplemente
relatamos los pormenores, tal como nos fueron comunicados por una de las
víctimas antes de morir.
El productor General no esperaba esa
respuesta; ni podía sospechar que puestos en procura de datos, los
hermanos del muerto principal en aquella sangrienta orgía del trujillato
sabían más cosas de las que convenían al régimen. Por ejemplo, que el
martes treinta de mayo el general Fiallo y el ex capitán Ferrando habían
llegado a San Juan en avión, habían hablado más de dos horas con el
jefe de la guarnición, y habían preparado los detalles del crimen;
sabían los nombres de todos los oficiales que tomaron parte de la triste
acción y la forma en que actuó cada uno. Además, a la hora de su
entrevista con el Procurador General, no había aparecido el cadáver de
Porfirio Ramírez y un cadáver no puede perderse misteriosamente sin que
haya complicidad de las autoridades.
Cogido en la trampa de su
legalismo, el funcionario no tuvo más remedio que iniciar un proceso y
desde luego, avisar a Trujillo. La próxima llamada que recibió el
doctor Ramírez Alcántara, partió del Palacio presidencial. Allí le tocó
ver de frente al monstruo. Allí oyó a Trujillo hacer protestas de
inocencia, asegurar que el general Fiallo había obrado sin órdenes
suyas, afirmar que la justicia de su régimen caería
Angela Mendez
Jose
Enrique, se que eran muchos los revolucionarios de los años 50, porque
los recuerdo a casi todos, porque vivi en carne propia esa epoca, pues
mi padre al que no conoci era Porfirio Ernesto Ramirez Alcantara (
Prin) el comerciante que desaparecieron
en el Número entre Azua y BANI,el nombre de mi hermano (hijo de Prin)
es Angel Bienvenido Ramirez Mendez, se quedó sin nombrar a mi tio
Quirico Mendez el cual participó activamente en contra de regimen, fue
preso torturado en la 40, luego en la Victoria.
gracias mil por ese trabajo tan lindo que estas haciendo........
#
Damocles Méndez Rosado
La familia Ramirez,como lo señala Angela Mèndez, aportò con el
sacriificio de sus familiares el precio de la libertad del pueblo
dominicano.El asesinato de Prim Ramirez no tiene ejemplo en la
regiòn.Esa familia de los Ramirez,de la rama de doña Miminye,de la calle
Mella,militò en la resistencia antitrujillista,Fueron a la 40 y
torturados,es el caso de Quirico,de Babi...Quirico fue de los primeros
que organizò el 1J4 en San Juan,en la calle Colon y luego en la
Trinitaria y recibió a Manolo en el Hotel Maguana.
Tambien
Angela: una dama de los Ramirez Méndez se casó con un veterano
antitrujillista ,me parece que con Josue o con Florisel Erickson.Quirico
y Babi están en el libro titulado COMPLOT DEVELADO, con las fotos de
ambos,tambien esta parte de los Rami↓ez esta ligada a otros heroes y
martires de gestas gloriosas como es el caso de José Horacio Rodriguez ,
comandante de la expediciòn del 59.y tambien se vinculan a la linea de
Manolo Tavarez mediante la unión de un hijo de Josè Horacio Rodriguez
con una hija de Manolo.Es decir hay un vinculo entre luchadores
antitrujillistas,Juancito Rodriguez,Josè Horacion Rodriguez.Miguel Angel
Ramirez,su hija y los nietos de Manolo son los nietos de Josè
Horacio.Ademas recordar la muerte de UNITO Ramirez por los esbirros
trujillista.
Fuente:
http://identidadsanjuanera.blogspot.com/2011/01/una-orgia-de-sangre-en-la-tierra-de.html