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domingo, 11 de septiembre de 2011

Paramédico dominicana cuenta experienci​as 9-11


POR JC. MALONE
Juana Lomisalió de Restauración, Dajabón, a los ocho años
Juana Lomi, nativa de Restauración, República Dominicana, fue la primera socorrista en las torres gemelas, la que más vidas salvo.

NUEVA YORK.- Todos sabemos que el día más claro llueve, pero Juana Lomi lo confirmó aquella mañana soleada, transparente y fresca, desayunando trocitos de piña, conversando con un policía. La paramédico dominicana narró lo que aún sigue vivo en su memoria. “Un silbido agudo y penetrante nos dejó sordos, sentimos un gran estruendo, como que se estremeció todo, luego el estallido”. Corrieron dos cuadras y vieron una de las torres gemelas en llamas; el primer avión la había impactado. 

Juana salió de Restauración, Dajabón, a los ocho años, y fue la primera socorrista en las torres gemelas, la que más vidas salvo. “Me tomó menos de un minuto llegar”. A las 8:47 de la mañana, martes 11 de septiembre del 2001, ella estaba en el centro de la Zona Cero.

“Estoy pensando en la logística de bajar 400 cadáveres del avión que se estrelló allá arriba”, recuerda Juana en entrevista exclusiva con el Listin Diario. Y sus pensamientos fueron interrumpidos por una multitud que salía despavorita del edificio, con rasguños y algunas quemaduras ligeras.  “A esos los mandé a que caminaran al hospital”, el New York Downtown Hospital, donde ella trabaja, a pocas cuadras del lugar.

“Manejando esa situación escuché el mismo silbido-zumbido ensordecedor de las turbinas, y la inmensa sombra del otro avión me pasó por encima, me tire al piso cubriéndome la cabeza.  De nuevo el estruendo, todo se estremeció otra vez, y el estallido. Comenzaron a llover escombros pequeñísimos, pero cuando impactaban mi casco protector sonaban como  martillazos, se sentían como balazos por la velocidad con la que caían”.

Se levantó indicándole a la gente rutas de salida,, pensando en el problema de bajar 800 cadáveres de los pasajeros de ambos aviones. “Nunca se me ocurrió que el edificio se caería”.

La única mujer
Siguiendo el “haz bien y no mires a quién”, Juana no siempre se fijaba en la cara de sus rescatados, aunque ellos ven claramente quien los rescata.  Ella recuerda más ciertos aspectos del rescate y la condición del rescatado.

“Un señor que salió agarrándose el pecho con el dolor reflejado en los ojos. Colapsó frente a mi y cuando le busqué el pulso no lo encontré. Murió y ahí lo dejé. Venía otro caminando lentamente, cuando lo fui a ayudar, cuando lo empujé para subirlo en la ambulancia, me quedé con toda la piel de su espalda untada en las manos; estaba muy quemado”.

“Cuando mire arriba, era una verdadera lluvia, llovía gente del cielo, saltaban de las torres, caían a mi lado con ese golpe sordo, seco, caían por todos lados. Vi unos saltar envueltos en llamas, otros como rezando, y vi a una pareja saltar y reventar contra el piso agarrados de la mano”.

Escogieron saltar a la muerte antes que morir quemados. Escuchó estruendos y estallidos, miró arriba, la torre comenzaba a derrumbarse.  Todos vimos la escena de los bomberos y socorristas huyendo hacia un edificio envuelto en llamas y una nube de humo negro.  En ese grupo, Juana era la única mujer.

“Corrí hacia el edificio a sacar gente, con todo esto oscuro, cubierto por un humo denso y negro.  Saqué tanta gente, que metía entre 10 y 12  personas en una ambulancia, cuando lo normal es que nunca pasen de dos. Ahí respire mucha fibra de vidrio”, recuerda.

“El edificio comenzó a explotar desde arriba, huí de manera instintiva  a la estación del tren, una multitud huyó detrás de mi y me cayó encima muchísima gente, cuando escuché un sonido estruendoso y todo se puso oscuro”.  Una plancha de acero cayó de la torre, sellando la entrada de la estación”.

Tenían una sola salida, los túneles soterrados del tren.

Como era la única persona con uniforme que inspiraba respeto y autoridad, Juana se levantó como pudo, adolorida por toda la gente que tenía encima. Ordenó que bajaran del andén a los rieles del tren, formando una cadena, tomados de las manos, pegando las espaldas a la pared. Así avanzaron; ella los dirigió hacia una salida varias cuadras al norte.

Avanzaban despacio, a tientas, por túneles oscuros, llenos de aguas pestilentes, cables de todo tipo, ratas y todas las alimañas del mundo, Se sintió como una eternidad.  “No me salio ni media lágrima, tenía el pecho congelado con un nudo en la garganta y el estómago,  no era yo misma, me empujaba el instinto de la sobrevivencia”. 

Esto no es verdad
En la estación de Church & Chambers Street, emergieron de los túneles, subieron a la calle, pero Juana perdió el balance, y cayó en un estado delirante.

“Todo estaba oscuro, bien oscuro, no se veía nada.  Decidí que nada de esto era verdad, no podia recordar que ocurrió o cómo ocurrió, pero sabía que no podia ser la noche”.

“Nadie lloró ni habló. Todos seguíamos agarrados de las manos que nos agarraron en los túneles del tren, mirándonos el rostro por primera vez y en silencio por unos instantes”. Y vivieron un momento mágico de comunión, solidaridad y esperanza humana.

“Cuando la persona, cuando el ser humano está en dificultad o peligro, se olvidan las razas, colores, origenes, rangos y todo lo demás, ahí  todos somos iguales. Estábamos agarrados blancos, morenos, todos. No había negros ni blancos, ni latinos, ni hombres ni mujeres, ni ricos ni pobres, ni jefes ni subalternos, todos éramos iguales, compartíamos el dolor, la tragedia, la esperanza, todos éramos uno”.

Luego, Juana deambuló durante horas.

Llevaba todo el cuerpo lleno del cemento del derrumbe.  “Las bases de mis botas militares se quedaron pegadas al piso. No sabía si era noche, día, o adonde iba.
 “Creí que tiraron la bomba atómica y nosotros somos los sobrevivientes.  Se acabó el mundo, ¿para dónde va esta gente, para dónde vamos todos?; nadie tiene a dónde ir. Se acabó el mundo”. 

“Caminando con la ceniza hasta las rodillas, sin saber donde  ponía los pies descalzos, caminando entre cadáveres desmembrados, brazos, piernas, despojos humanos y escombros. Estaba horrorizada, quise corer, pero no pude, no estoy programada para correr, siempre debo responder”.

El miedo la acorraló, se le cayeron las lágrimas.  Llorando, orando y deambulando Juana estaba perdida cuando sus compañeros de trabajo del New York Downtown Hospital la rescataron de una esquina cerca de las siete de la noche. 

Esto no acaba
Caía la tarde, “cuando el viento disipó el humo, aquello parecía un campo devastado por la guerra, sin agua, luz, teléfono ni nada”.  El Ejército, la Fuerza Aérea, el FBI, la CIA, todos los organismos de seguridad e inteligencia instalaron su estado mayor en la zona, desde ahí controlaban toda la ciudad.

A Juana se le armó un terrible conflicto interno. Tenía sed, mucha sed, pero creía que la sedarían con el agua y no bebió nada.

“Todos me decían que el mundo seguía, que no hubo bomba atómica, que todo estaría bien, pero yo no lo creía, en el hospital querían sedarme para que me tranquilizara, pero no podía”. En la madrugada decidieron sacarla del hospital, mandándola a llevar un paciente a un centro especializado de Cornell University en New Jersey.

Subió a buscar el paciente y cuando el sujeto la vió, estalló en sollozos, alabanzas y gracias a Dios.  “Usted no me vio la cara, estaba muy ocupada rescatándome, pero yo vi el rostro de la persona que Dios mandó a rescatarme. Fue mi espalda quemada la que se le pegó en las manos cuando me ayudaba a subir a la ambulancia. usted me salvo la vida”.

Cientos de personas vieron en Juana el rostro de la salvación.

Y así fue que ella retornó de su delirio.  “Oh Dios mío, todo esto valió la pena, entendí que el mundo seguía, y que yo debía seguir ayudando y rescatando gente. Cada año él me manda mensajes de texto”.

Tomó el paciente, lo subió a la ambulancia y salió rumbo a New Jersey.

La noticia se regó por el mundo, una paramédico, hija de dominicanos, murió en las torres gemelas rescatando heridos. Ella bajó de Yonkers a llevar un paciente al bajo Manhattan, y le ordenaron seguir a la zona de desastre y murió en el derrumbe de las torres.

Fue Yamel Meriño, una hija de dominicanos nacida en Nueva York, de 26 años y madre soltera de un hijo, la que bajó  de su empleo en Yonkers a encontrarse con la muerte.
Juana, la única paramédico dominicana del area, aún no se había comunicado con sus familiares hasta la tarde del día siguiente. Muchos creyeron que fue ella quien murió, hasta que hizo contacto con sus familiares y allegados. Permaneció una semana en la Zona Cero, “al humo que no acababa, se le sumó el olor de cadáveres quemados, cadáveres descompuestos, despojos humanos descompuestos estaban esparcidos por doquier, de cualquier lugar salía el olor”, recuerda.

Una década después, sigue en su trabajo, comiendo trocitos de piña por las mañanas en la misma esquina, como en aquella límpida mañana de hace 10 años.

¿Por qué sigues ahí? Puedes estar en tantos otros lugares…

“Disfrutando lo que hago soy muy feliz. La experiencia solo confirmó mis puntos de vista sobre mi empleo y la profesión médica; ésto es todo lo que yo siempre he querido hacer con mi vida.  Le he prometido a Dios que seguiré rescatando gente, porque él me rescató y me mantuvo en una actitud positiva en todo momento. Estoy extremadamente agradecida, siento que le debo todo esto a la sociedad.”

Juana, tu que has rescatado a tanta gente, que no has podido rescatar a otras tantas, sabes que un día de estos, nadie podrá rescatarte. Morirás. 

¿Cómo quieres que te recuerden?

Guardó silencio unos instantes y respondió “Quiero que me recuerden como alguien que admiró mucho a la Madre Teresa, como alguien que amaba profundamente al ser humano. Como alguien que realmente encontraba la felicidad ayudando a la gente. Como alguien que vivió para servir, y nunca aprendió a vivir sin ayudar a los demás.”

El Rostro del Rescate
Juana Lomi es una mulata dominicana con mucho orégano en su tonalidad de piel, como el buen chivo liniero. En el fondo de sus ojos, que han visto tantas cosas, convergen el amor, la solidaridad, tristeza, la compasión y la esperanza.

En el Time Warmer Building de Columbus Circle, se montó la exposición “Rostros del 9-11”. Fotografías de Juana adornaban la entrada de la muestra, conmemorando el décimo aniversario de la tragedia.  Ella fue la cara que más personas recuerdan por haberlas rescatado. Y donó  el uso de su imagen para recaudar fondos para obras de bien social.
Juana quiso ser monja, cuando niña, porque esas eran las únicas mujeres que se daban vuelta ayudando a la gente. Al crecer, encontró en la profesión de paramédico la oportunidad de ayudar a la gente, que es su verdadera pasión en la vida.

Cree que sus experiencias durante los ataques no deben ser comercializadas. Mantiene el mismo empleo que tenía y está envuelta en muchísimas labores voluntarias y de caridad.  Es intérprete médico voluntario en hospitales neoyorquinos y está envuelta en instituciones caritativas de la Iglesia Católica.

Juana es parte de la Reserva Médica para el Departamento de Salud Pública y Salud Mental y  es la co-fundadora  y Directora Ejecutiva de  Vision Internacional For The Blind; una Fundación dedicada  a ayudar a los ciegos dominicanos, buscando contribuir al mejoramiento de su calidad de vida; proveyéndoles bastones; herramientas para la educacion, medicinas y ropa; con oficinas  trabajando desde New York para brindarle mejoría a los no- videntes en la República Dominicana.

Ha sido objeto de innumerables homenajes y reconocimientos por el Gobierno e instituciones sin fines de lucro de Estados Unidos y la República Dominicana

sábado, 10 de septiembre de 2011

11 de septiembre/ video

Casi 50 dominicanos murieron el 9 / 11, serán recordados por siempre

POR MIGUEL CRUZ TEJADA
mcruztejada@gmail.com
ULTIMA NOTA

casi-50-dominicanos-murieron-el-9-11-seran-recordados-por-siempre 
Parte de los casi 50 dominicanos y dominicanas que murieron en el ataque terrorista a las torres gemelas el 11 de septiembre del 2001, muchos de los cuales, perecieron salvando vidas de otros.
NUEVA YORK, septiembre 8 (UN) — Los nombres de casi 50 dominicanos que perecieron en el ataque terrorista de Al Qaeda a las torres gemelas el 11 de septiembre del 2001, estarán en el Museo Nacional y Memorial que será inaugurado el lunes 12, junto a las otras miles de víctimas que cayeron ese día. El número de víctimas de criollos es de 47, acorde con cifras oficiales. 
Entre los criollos abatidos por la asonada de los terroristas islámicos, figuraban varias mujeres y profesionales de distintas áreas entre estas, informática, comunicación, finanzas, gerentes, empleados de restaurantes, mensajeros, educadores y turistas.
Uno de los nombres más difundidos es el de Pedro Checo, quien tenía 35 años de edad y quien murió tratando de salvar otras vidas. Checo, era vicepresidente de operaciones de la financiera Fiduciary Trust y un fanático de los carros veloces.
Estaba casado con Milly Cabrera con la que procreó tres hijos: Jasen, Julián y Franklin y lka familia residía en Queens. No le gustaba su nombre por lo que su esposa lo apodó “Frank” y en el trabajo lo llamaban “Pete”.
Aunque oficialmente, las autoridades consulares de ningún gobierno luego del ataque a las torres, han elaborado un registro oficial de los muertos dominicanos ni se les ha levantado ningún monumento particular, una investigación de este reportero, localizó la mayoría de sus nombres hurgando en cientos de páginas cibernéticas y en memoriales virtuales.

FAUSTINO APOSTOL 
Con 55 años de edad y ayudante principal en el Batallón 2 del Departamento de Bomberos, también murió salvando otras vidas. Llevaba 28 años en el cuerpo uniformado.
Tenía 33 años de casado con dos hijos. Cuando se produjo el ataque, su familia sabía que él estaría en la escena rescatando víctimas.

VICTORIA ALVAREZ BRITO
Había ido desde Queens en vacaciones a Cancún (México) junto a su esposo Mario, lo que hacían una vez al año, recorriendo distintas partes del mundo. De allí partieron a Disney World en La Florida, desde donde regresaron a Nueva York.
Entre sus futuros planes para el 2002, estaba el de visitar los Países Bajos en Europa, ya que tenían familiares en Holanda. En Cancún tomaron fotos y videos del paseo. La pareja tenía dos hijos: Jamie y Raúl.
El lunes 10 de septiembre del 2001 el esposo tomó las fotos y el martes 11, la señora Brito salió temprano desde su casa en Elmhurst (Queens) para trabajar como cada día en el Departamento de Finanzas de la empresa Marsh & McLennan.
Le había prometido a su hija que llevaría bacalao a la residencia para cocinar su comida favorita con patatas en salsa criolla. “No llegé a ver las imágenes de la destrucción de las torres y ahora no podemos soportar ver ese video”, dijo su esposo.

JANET ALONSO
Llamó a su casa temprano en la mañana del 11 de septiembre. Tenía un segundo hijo, Robbie, nacido con Síndrome de Down, por el que se preocupaba todos los días y quien a esa fecha, contaba con 18 meses de edad.
Trabajaba como analista de la financiera Marsh & MacLennan.
Era una ama de casa muy activa, le gustaba la pintura y los muebles finos. Dos días antes del ataque, se la pasó limpiando el porche en Stony Point (Long Island).
Su última llamada se la hizo a su marido desde las torres para decirle que la oficina se estaba llenando de humo y ella no podía respirar.


DAVID AGNES
Vivía en Flushing (Queens) y con 46 años de edad, era asistente del vicepresidente de Cantor Fitzgerald.
Su viuda Inés, ahora con 71 años lo describe como un hombre devoto por su trabajo y entregado a su familia, al punto de que mantenía íntima amistad con su hermana Leslie.
Poco antes de perecer en las torres, pasó varios días al lado de la cama de su padre convaleciente en un hospital y de 81 años de edad. Había guardado un mechón de cabello de su hija Adriana en la caja fuerte de su residencia.

FRANK THOMAS AQUILINO
Con 26 años de edad, era uno de los empleados más sobresalientes de Cantor Fizgerald y tan laborioso que decía que el día debía haber tenido 27 y no 24 horas. Se convirtió en uno de los socios de la compañía y llegó a ser vicepresidente.
Fue uno de los pioneros en la creación de páginas Internet para juegos de azar, donde los jugadores podían apostar cualquier cosa: desde deportes hasta el tiempo. Residía en Staten Island.
Cuando niño, distribuía periódicos en los vecindarios del condado para lo que usaba una silla de ruedas en la que transportaba las copias..

LILIAN CACERES
Su familia la califica como un “ángel”, era amable y solidaria y dada a sentarse en la cama al lado de 
cualquier enfermo que conociera.
Durante 22 años militó en una secta cristiana y era una predicadora muy activa de la Santa Biblia. Tenía 48 años el día del ataque a las torres.
Un día antes, el 10 de septiembre, había ido a su iglesia en Staten Island para enseñar en la escuela dominical y cantar en el coro.
Su hermana, Aurea de la Cruz, la recuerda como la mujer que llevaba una vida profunda y dijo que la muerte de Lilian debe servir para que los demás se preparen en Cristo.
Cáceres era una administradora de tecnología y las 8:00 de la mañana estaba en su escritorio en la empresa Marsh & McLennan. Su trágico destino, hizo que cambiara el turno que tenía en la tarde para trabajar esa mañana, porque quería recoger a su hija a las 4:00 PM en la escuela.

EDDIE CALDERON
Residía en Jersey City (New Jersey) y contaba con 43 años de edad. Durante 22 años trabajó en el Centro Mundial de Comercio como guardia de seguridad de la Autoridad de Puertos de Nueva York y New Jersey. 
Fue visto por última vez corriendo hacia la torre Norte para tratar de salvar su vida, después de ayudar a docenas de otros como guía de guardias de seguridad.
Quería llegar a la estructura antes de que esta se derrumbara. No tuvo esa oportunidad. 

ALEJANDRO CASTAÑO
Era encargado de suministros de oficinas en las torres. Creció en Englewood (New Jersey) y su hermana Claudia Sánchez recuerda las pesadas bromas que le hacía entre las que estaba la de llamarla “adoptada”.
También la molestaba diciéndole que su moto era mejor que la de ella. Siendo el segundo hijo del matrimonio, su madre recuerda que todos los días le gustaba comer su plato favorito de arroz, chuletas de cerdo, habichuelas y plátanos. 
Lo describió como “un niño en el paraíso”.

JAIME CONCEPCION
Residía en el Alto Manhattan y era empleado de recepción del lujoso Windows in the World (Ventanas al Mundo) situadas en el piso 107 de la torre Norte. Tenía 46 años de edad.
Tenía una hija, Kirsy a quien trajo desde la República Dominicana, promesas que siempre le hacía por teléfono y que un día cumplió.
Ella llegó en julio del 2001.
Su vida de inmigrante no fue fácil en Nueva York. Trabajó en cocinas de restaurantes para ahorrar dinero, se 
separó de su primera esposa y se casó de nuevo. Su hija, llevaba sólo dos meses viviendo con su padre, antes del ataque terrorista.
Virginia, su hermana dijo que el padre, les prometió luchar para traerlas a Nueva York hasta el último día de su vida.
Ellas nunca olvidarán un solo momento del poco tiempo que estuvieron juntas con el progenitor. Llamadas telefónicas y fotografías de su papá, es todo lo que tiene, porque su visa fue aprobada en noviembre del 2001.

NESTOR CHEVALIER
Era inseparable de su hermano menor Mauricio.
Crecieron en el Alto Manhattan, trabajaron juntos en un gimnasio y bailaban salsa en discotecas y otros centros de diversión. 
“Fuimos los mejores amigos, todo lo hacíamos juntos”, recuerda Mauricio de su hermano que trabajaba como verificador de operaciones en Cantor Fizgerald y tenía planes de casarse con su novia Lilian Fermín cuya relación llevaba nueve años. La boda fue planeada para octubre, un mes después del ataque a las torres.
El dominicano tenía 30 años de edad y le encantaba contar historias sobre su vida en las que muchas veces exageraba detalles para hacer reír a la gente.
“Lo extrañamos muchísimo”, dice Mauricio.

"No he sido capaz de ir a la Zona Cero", asegura el padre de una víctima

Por Clara Ventura

MADRID (EFE).— “Sigo sin poder ir a la Zona Cero”, dice José Luis De San Pío, el padre de la única víctima española de los atentados del 11-S, Silvia De San Pío, que, a pesar de haber visitado en varias ocasiones Nueva York, no ha “sido capaz de ir” al lugar en el que murió su hija.

“El paso del tiempo consigue apaciguar los sentimientos, pero estos se repiten de una manera particular cada aniversario, sobre todo en los que son tan particulares como éste, el décimo”, expresa De San Pío en vísperas del décimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

Su hija, de 26 años y embarazada de siete meses, perdió la vida en el piso 92 de una de las dos Torres Gemelas de Nueva York, donde también murió su marido, John Resta, quien, como ella, trabajaba de analista para la firma Carr Futures.

De San Pío, abogado, tiene varias fotos enmarcadas de Silvia en su despacho y en su computadora. En una de ellas, la mujer sale vestida de novia y en otra baila con su padre el día de su boda.

“Recuerdo con dulzura a mi hija, era muy querida”, cuenta De San Pío, quien ha afirmado que, cuando vio las imágenes del atentado en la televisión en su despacho de Madrid, supo que ella había muerto.

“Estuvimos buscando en los hospitales de Nueva York, nos hicimos pruebas de ADN pero yo estaba convencido desde que vi las imágenes por primera vez, de que si ella había ido ese día a trabajar había fallecido”, explica.

Los amigos, la familia y su fe le ayudaron a superar la tragedia, pero también el hecho de poder “ser útil” para otras personas que pasaron por la misma experiencia que él.

“Intenté ayudar a otras víctimas de terrorismo, como a las del 11-M en Madrid. Me desplacé a Santa Eugenia (uno de los escenarios de esa cadena de atentados contra trenes) y estuve hablando con ellas, les transmití que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier maldad en el mundo y les dije que, trabajar intensamente, ayuda a superar el problema”, relata.

Según él, la experiencia le enseñó también a ser más solidario, por lo que estuvo colaborando como voluntario de la asesoría jurídica de la ONG Cáritas.

San Pío no ha tenido nunca “ningún sentimiento de rencor” hacia los que mataron a su hija, porque para él los terroristas “son piezas en manos del terrorismo”.

El abogado opina que “el terrorismo se aprovecha de la injusticia social que hay en el mundo y se alimenta de las personas que se prestan para ser, por ejemplo, inmolados a cambio de ser salvados".

A pesar de ello, se “alegró” de la desaparición de Osama bin Laden el 1 de mayo de este año- “no me alegré por su muerte, sino por la desaparición de, al menos, una parte del poder de Al Qaeda".

Este hecho, sin embargo, no le reconfortó- “la muerte de mi hija, mi nieto en ciernes y mi yerno ya había ocurrido, no se podía cambiar la situación, por lo que no me consoló que este señor muriese y tampoco lo habría hecho si hubiese ido a la cárcel".

“La legislación de EE.UU. es muy diferente a la nuestra. Este hombre (Bin Laden) era un terrorista, no hay ninguna ley estadounidense que impidiese que fuese capturado por la fuerza y asesinado. Bajo la perspectiva de Estados Unidos, este hecho no es ilegítimo”, agrega.

José Luis De San Pío tiene un pin con las banderas de Estados Unidos y de España que se pone todos los días tras el 11-S, y otra bandera también estadounidense en su despacho junto a la de Aragón, su tierra natal.
De San Pío y su familia recordarán a Silvia con una misa privada que se celebrará en Madrid.
“Me parece bien que en los aniversarios se recuerde lo que pasó, pero no tanto las anécdotas o los detalles del día, sino lo fundamental —que el terrorismo sigue existiendo”, aunque, añade, “se prometieron muchas cosas para luchar contra este problema y pocas se han hecho" 

El relato de un sobreviviente "Sal de ahí tan pronto como puedas, corre"

Ataques del 11 de septiembre de 2001
NUEVA YORK (The New York Times International Weekly).- Días después de los ataques del 11 de septiembre, investigadores del Centro de Historia Oral de la Universidad de Columbia comenzaron a entrevistar a neoyorquinos para que describieran sus experiencias en el día más horrendo en la historia de Nueva York.

A continuación uno de los relatos tomados entre más de 600 recabados dentro del Proyecto de Historia Oral 11 de septiembre de 2001.

Lucio Caputo, piso 78o., torre norte.- Alrededor de cuarto para las nueve hubo una gran explosión, y la torre estaba oscilando de un lado a otro, había polvo por todos lados, las sirenas comenzaron a sonar y las luces se apagaron. Pensé que la explosión había sido al lado, por lo fuerte y cercana que la sentí.

Salí de mi oficina y no pude ver nada por el polvo, que era como una densa niebla. Sin embargo, escuché a gente llorando o gritando, pero no podía verlos, así que pensé que estarían al otro lado, donde debió haber una explosión. Volví a mi oficina y luego decidí bajar las escaleras. Tomé unas toallas, una botella de agua mineral, mi teléfono celular, una linterna y bajé. En el camino recibí una llamada, era un amigo periodista que vio el suceso en CNN y me llamó para decirme, "un avión se estrelló en el World Trade Center, sal de ahí tan pronto como puedas. Corre, corre".

Así que corrí los primeros 30 pisos. No había mucha gente sino hasta que llegué al 50, ahí había muchas personas. De los pisos superiores bajaban personas terriblemente lesionadas. Había una mujer que no tenía piel. Como una papa cocida que pierde toda la piel. Ella estaba en carne viva.

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.

Voltaire

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