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martes, 28 de junio de 2011

Despidiendo a Mandela


Nelson Rolihlahla Mandela

Por ARIEL DORFMAN

Madiba, como le llama su pueblo, no nos durará ya mucho: ni a Sudáfrica ni al resto del mundo. Tendremos que luchar por su legado: el de alguien que no es un santo pero sí un sabio, alguien que sabe sonreír

Nelson Mandela posee, por lo menos en Sudáfrica, el don de la ubicuidad. Se lo encuentra en canciones infantiles, en avisos publicitarios, en discursos oficiales y conversaciones informales, en boca de policías, pobladores y banqueros, donde uno coloca la mirada o aguza el oído, el rostro sonriente de Madiba (el nombre de clan con que todos lo llaman) incita a sus compatriotas a la emulación incesante. Una resonancia tan categórica es comprensible. Mandela encarna la derrota del apartheid y la milagrosa transición a la democracia en una tierra que avanzaba hacia una sangrienta guerra civil. Liberado de un cautiverio que duró 27 años despiadados, utilizó su aureola legendaria como el preso político más famoso del planeta para extender una mano de amistad y reconciliación a sus carceleros en vez de predicar la venganza. El prestigio de Mandela se acrecentó aún más cuando, siendo el primer presidente elegido libremente en la historia de su país, rehusó perpetuarse en el poder como es habitual para mandatarios en ese continente.
Yo también he participado en esta idolatría. Yo también lo considero uno de los pocos gigantes morales de que disponemos en nuestra época avara y mezquina.
A pesar de esta admiración, cuando visité Sudáfrica por primera vez en 1997, me inquietó que Mandela fuera la única figura simbólica en torno a la cual podían comulgar todos los sectores, ricos y pobres, gente de derecha y de izquierda, blancos y negros y un arcoíris de otras tonalidades de piel. Retornando este año para dar una conferencia en su honor, descubrí que esta reverencia se había convertido en algo aún más exaltado: se lo trata hoy como un santo. Aunque es cierto que Mandela fue indispensable para instaurar un Gobierno más justo en su país y cierto también que sigue siendo el pegalotodo que aglutina y hermana las facciones de una nación turbulenta y dividida, consideré que tal culto era peligroso, colocando sobre sus hombros una carga de responsabilidad imposible de sobrellevar e impidiendo a su pueblo discutir seriamente cómo vivir en un mundo donde ya no contaremos con su presencia.
Resulta que nada menos que Mandela mismo comparte mi recelo. En la página final de su nuevo libro, Conversaciones conmigo mismo -sin duda el último que este anciano de 92 años publicará bajo su nombre- ese viene a ser su mensaje postrero: "Algo que me preocupaba profundamente en la prisión era la falsa imagen que involuntariamente proyectaba al mundo exterior: que se me viera como un santo". Y concluye: "Nunca fui nada parecido, aun sobre la base de la definición terráquea de que un santo es un pecador que siempre sigue tratando de superarse".
Con la esperanza, por tanto, de moldear un legado que dentro de poco no podrá defender en persona, Madiba busca contar la historia de su vida desde una perspectiva diferente de la que conocíamos en sus consagradas memorias, Largo camino a la libertad, publicadas en 1994. Para que sus lectores tuvieran la oportunidad de encontrarse con un Mandela abierto y asequible, autorizó a un equipo de investigadores a cosechar del mar casi infinito de su archivo un autorretrato más frágil y profano.
No me sorprende que tal misión tardara seis años en llevarse a cabo. Pude inspeccionar en Johanesburgo esos materiales masivos que contienen los residuos de la vida de Mandela durante mi visita a la fundación que lleva su nombre. Para penetrar en ese santuario, uno debe primero descender una amplia escalera en espiral hasta un piso subterráneo, enseguida pasar por una serie de oficinas con grandes ventanales de vidrio y finalmente detenerse ante una puerta de doble llave, detrás de la cual espera una vasta colección de recuerdos: las fotos iniciales de la juventud de Madiba, sus cédulas de identidad y pasaportes verdaderos y fraudulentos, los diarios de vida y calendarios escuetos y los manuscritos clandestinos sacados de contrabando de Robben Island, además de un acopio de notas de todo tipo y tamaño.
Si bien solo unas gotas destellantes de este caudal pudieron recogerse en Conversaciones conmigo mismo, los lectores tenemos la sensación íntima de estar recorriendo ese archivo, saboreando sus delicias, escuchando los pensamientos y emociones más latentes de Mandela, a solo unos redobles de su corazón, especialmente cuando se nos permite asomarnos a las transcripciones de conversaciones que sostuvo con sus más cercanos colaboradores. Ahí llegamos a congeniar con un ícono que se ríe, que vacila y carraspea, que adora los chismes, que acepta sus equivocaciones o insiste en que tiene razón, corremos el velo sobre un hombre que lamenta haberse olvidado de un viejo amigo, sugiere que le gustaría averiguar el paradero de un guardia que se portó bien con los presos.
Todavía más reveladores son los extractos de la correspondencia que se salvó de las décadas en Robben Island, escrita con una dignidad feroz y conmovedora. Es casi como si, en sus horas más oscuras, aun cuando no había esperanza de que se lo liberara, aun el día en que recibió la noticia de la muerte de su hijo o el funeral de su madre, aun cuando borroneaba palabras que sabía nunca llegarían a su destino, aun en esos momentos, especialmente en esos momentos, estaba imaginando un mañana donde cada una de sus expresiones tendría un significado ulterior, cada una meticulosamente examinada, no por cancerberos, sino que por una multitud de habitantes de su patria y del mundo entero.
Hay un aspecto aún más notable de estas cartas desde el presidio. Mientras las hojeamos, podemos adivinar de qué modo astuto Mandela tomó en cuenta la vigilancia de los censores que escudriñaron y obstruyeron su correo. También le está escribiendo subrepticiamente a ellos: casi se puede discernir su certeza de que él es capaz de turbar a esos guardianes con palabras que evidencian la crueldad absurda con que tratan a los reclusos, la confianza de que esos centinelas pueden ser educados. Aunque, de hecho, también se está educando a sí mismo, preparándose para la tarea de sobrepasar el abismo racial y la división de clases sociales que amenazaba con destruir a Sudáfrica.
Tal vez por eso encuentra tan alienante y desacertado que se lo considere un santo. No fue debido a su separación de sus semejantes, su lejanía de la maldad, su distancia de los desalientos de una humanidad vulnerable, que pudo prevalecer. Por el contrario, fue zambulléndose en lo que era negativo en su propio interior y en el doliente mundo que lo rodeaba, fue así que pudo transformarse en el hombre que terminó siendo Nelson Mandela. ¿Cómo llevar a cabo esta hazaña? Hay una palabra suya que retorna una y otra vez: integridad. Su propia integridad y su convicción de que esa entereza existe en todos los seres humanos, por mucho que esté escondida bajo una costra de miedo e intolerancia. La fe de Mandela de que si se apela a los mejores instintos de hombres y mujeres, ellos sabrán, en definitiva, responder. Pero solo lo podrán hacer si comprenden que quien les exige una mejor humanidad compartida no ha traicionado los valores más generosos de la especie, el deseo de un mundo más justo y compasivo.
Es un mensaje que la patria de Mandela necesita volver a escuchar. Su prodigiosa Sudáfrica se encuentra de nuevo en peligro, desorientada, casi sin rumbo. Su tierra dentro de poco tendrá que enfrentar un siglo de lucha renovada por la solidaridad y la paz y la verdad sin la mano conductora de Madiba. Porque Mandela se está despidiendo. ¿Y cómo, entonces, responderle? ¿Cómo honrar su legado, su sabiduría, su magnanimidad?
Solo puedo responder con las palabras que le brindé al final de nuestra conversación hace unos meses en Johanesburgo. Cuando él me dijo adiós, aproveché para pedirle que no hiciera ningún esfuerzo desmedido para asistir a mi presentación, agregando, tal vez con excesiva solemnidad, que era importante que descansara.
-Durante tantos años, -le dije- es usted el que nos ha llevado a cuestas. A su país, al mundo entero, a mí. Ahora nos toca a nosotros. Y fue entonces que, sin soltarme la mano, Nelson Mandela me brindó una sonrisa. He ahí una posible respuesta. Si sabemos llevarlo a Mandela con nosotros hacia el futuro, tendremos la bendición de su sonrisa. ¿O acaso hay algo más que podamos pedirle a este hombre que, afortunadamente para él y para el mundo, no es, después de todo, un santo?

miércoles, 23 de marzo de 2011

La vuelta a casa de las víctimas del apartheid

ÁFRICA | Memoria histórica sudafricana
Imagen de un colorido edificio en 'District Six'. | J.B.Imagen de un colorido edificio en 'District Six'. | J.B
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Una larga fila de hombres y mujeres aguarda en la tercera planta del número 73 de la calle Strand Street en Ciudad del Cabo. Vienen, algunos desde hace unos cuantos años, a saber si recuperarán las tierras que les arrebató el régimen racial del apartheid. Hay que ir muy atrás en el tiempo y remover demasiado pasado para satisfacer algunas peticiones. Las primeras leyes de segregación racial, por las que negros y mestizos podían perder sus tierras de forma legal por el simple hecho de tener otro color de piel son de 1913 (The Blank Land Act).

Desde entonces, especialmente en las décadas de los 50 y 60, los afrikáners desarrollaron una tras otra nuevas normas más sofisticadas para impedir la convivencia entre razas, incluidos blancos a los que se prohibía convivir con "otros colores". Hoy, casi 100 años después de las primeras leyes, se acaban de realojar a algunos reclamantes en el mítico District Six, en Ciudad del Cabo.

'Una Memoria Histórica sin fin'

Hay quejas, muchas quejas, por un proceso que empezó con la llegada de la Democracia y que 15 años después parece que será eterno. La Memoria Histórica Sudafricana no tiene fin. "Debería terminarse en 2014, pero parece que estamos muy lejos", reconocen desde el Gobierno. "No sé si fue una gran idea", llegan a reconocer algunos de sus responsables en privado a ELMUNDO.es.
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"Hay personas que vinieron a reclamar sus casas con una fotografía o una carta que en muchos casos era de sus padres o abuelos", explica Franz Zottl, subdirector de comunicación de la 'Comisión para la devolución de tierras', en Western Cape. El plazo para hacer la reclamación terminó en 1998, pero hay miles de personas aún esperando resolución. Como Bryant, un hombre de 68 años, que reclama que le devuelvan su casa sin hasta ahora gran resultado. "Me echaron en 1972 de mi casa y aún no he podido volver", dice. ¿Dónde vives ahora? "Donde me fui entonces con mi familia, en Langa" (una barrida miserable de las afueras de la ciudad). Aguarda en la cola de la oficina, de nuevo, como el resto.

Un proceso lento

"Tenemos muchísima gente que se queja por la lentitud del proceso", reconoce Beverly Jansen, la directora provincial de la oficina de reclamaciones. "También es verdad que se han arreglado ya muchas solicitudes", especifica. En concreto, se han atendido 75.977 peticiones, lo que ha supuesto un gasto de 2.400 millones de euros por parte del Gobierno. El número de hectáreas afectadas es de 2.675.878 y las personas involucradas 1.622.242.
El proceso es el siguiente: "Una comisión estudia si la reclamación es verosímil. En caso afirmativo, se pone en conocimiento del actual dueño (en muchos casos es un segundo o tercer comprador o un descendiente del primer poseedor). Si el comprador tiene título de posesión, el Gobierno puede ofrecerle la compra del terreno y devolvérsela al reclamante. El reclamante también puede aceptar una compensación económica y renunciar a su casa (en muchos casos es la entrega de otra vivienda construida por el Estado). El problema es cuando el reclamante exige la restitución de su propiedad y el actual dueño la deniega.

El centenario caso Rhodes

"Entonces, el caso puede llegar hasta el Tribunal Supremo", explica Franz. Hay miles de distintos casos, y aunque la Comisión no los califica por razas, uno de los más llamativos es el concerniente a la familia Cyster, quizá porque se remonta a finales del siglo XIX, por lo complejo del caso y por lo clarificador de lo absurdo que llegó a ser el apartheid.
"El 19 de noviembre de 1889, Cecil John Rhodes -una figura clave en el proceso de colonización del sur de África- regaló al mestizo Vincent Cyster unas fincas en el Pniël sin que fuera registrada la transacción. En 1963, la zona fue calificada por el Gobierno del apartheid específicamente como área para mestizos, pero tras varios matrimonios mixtos de las dos últimas generaciones con blancos, los Cyster fueron calificados por las autoridades como blancos y se les pagó una mísera compensación por abandonar sus tierras" (estaba prohibida la convivencia entre las distintas razas y comisiones médicas dictaminaban si uno era blanco, mestizo o negro por el color de los ojos, el tamaño de la frente o de los hombros).
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Los Cyster reclamaron con la llegada de la democracia y los actuales dueños de la finca, una compañía anglo americana de explotación agrícola, ha acabado aceptando, tras un larguísimo proceso burocrático, un acuerdo de restitución en el que se ha donado parte del dinero al desarrollo de pequeñas comunidades agrícolas locales. "Este complejo ejemplo da una idea de los problemas que conlleva este proceso. Hablamos de más de cien años. Este ha sido quizá el caso más complicado que hemos tramitado", dicen en la Comisión.
En las provincias de Limpopo, Eastern Cape o KwaZulu-Natal hay decenas de casos de población negra que reclama la restitución de sus tierras por hechos ocurridos entre 1913 y 1927, al amparo de las leyes Black Land Act y Black Administration Land. "La documentación de estos casos se busca en el Archivo Nacional o en los pequeños archivos municipales", aclara Franz.

District Six: aquel barrio modelo

Las últimas semanas, en Ciudad del Cabo, en District Six, se han vuelto a realojar a varias familias que fueron desalojadas de allí en 1966. Ancianos que vuelven a un hogar que fue demolido por los bulldozers de un apartheid escandalizado por la pacífica convivencia que tenían en este barrio abierto y multicultural blancos, mestizos y negros. "Es una de las mayores vergüenzas de la historia de la humanidad lo que aquí pasó", dijeron las autoridades en el primer realojo en esta barriada en el año 2000.
Aún hoy la zona es una enorme brecha en la ciudad. Un solar sin apenas construcciones. "Cuando se tiró el barrio, el Gobierno planificaba recalificar la zona y construir oficinas y pisos para blancos, pero casi nadie quiso invertir ni comprar los terrenos. Todo el mundo sabía que desalojo era ilegal y a mucha gente le avergonzaba", explica una profesora blanca sudafricana, Philippa, que vivió de primera mano aquellos sucesos. De hecho, la compañía Technikon, que sí se instaló allí y ocupa un gran solar, emitió años después de acabado el régimen racial una nota de disculpa por instalarse en "suelo robado".
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El codiciado y regenerado terreno (se han levantado ya algunas casas) es en parte un secarral lleno de cristales y basura que rompe el paisaje de las afueras de Ciudad del Cabo. "¿Es usted uno de los nuevos habitantes de Disctrict Six?", preguntamos a la única persona que deambula por el solar. El tipo carga con una caja de fruta y dos barras de pan. "Vivo donde puedo", explica, mientras esconde la comida entre unos secos matorrales de los que sale una gran rata que baja veloz la ladera. ¿Puedo hacerle una foto? "Déjeme en paz", responde, y se tumba bajo la sombra de un solitario árbol de lo que hace décadas fue un barrio modelo que se pretende reconstruir.

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.

Voltaire

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